Edimburgo – Día 1

Mi amiga lo había planeado todo: un aparcamiento gratuito en el centro de la ciudad y luego una ruta turística. Muchísimo cachondeo ya que el aparcamiento central era en un prado entre dos colinas, parecía estar en el medio de la nada! Seguro que estamos en el centro? No se veían ni casas!!! (de hecho era el aparcamiento gratuito más cercano).

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El Hollyrood Park es una de las colinas en la mismísima ciudad de Edimburgo que te hace dudar de estar realmente en el centro de una capital europea. En Queen’s Dr y Duke’s Walk se puede dejar el coche sin problemas y está muy cerca del casco antiguo, aunque no parezca. Con un poco más de tiempo, habría sido bonito dar una vuelta por esta pequeña montaña salvaje en el centro de la ciudad

La verdad es que centro centro no era, pero estábamos mucho mejor ubicados de lo que me figuraba: después de un paseo de 10 minutos por una colina, muy agradable, llegamos al primer edificio que era un palacio que parecía un colegio público o una oficina de administración. Pues no, era nada menos que el Parlamento. Con el clima de cachondeo relativo al aparcamiento “en el centro de la ciudad”, pensaba que mi amiga se estuviese vengando y me estuviese tomando el pelo ya que el edificio en cuestión era moderno, sobrio y con paredes lisas de cemento. Vamos, un colegio público. Pero era cierto, la placa de bronzo no me podía mentir. Por suerte justo en frente, surgía un palacio mucho más bonito – y de pago – de piedra y torres, jardines y pináculos góticos: HolyRoodHouse, The Queen’s Gallery.

Nos asomamos por todas partes pero sin entrar, y luego seguimos la ruta, ya que justo ahí empezaba la milla real, the royal mile, una calle supuestamente larga un millo que desde ahí era toooooda cuesta arriba, hasta llegar al castillo. La primera parte de la cuesta es la que tiene más pendencia, pero luego no es muy dura – o igual me acostumbré rápido.

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Un hombre mayor en el royal mile esperaba así algo o alguien fuera de la tienda. No decía nada, de hecho ni se movía, pero parecía gritar algo.

Pasamos por una iglesia, la Canongate Kirk, con un pequeño cementerio desde donde se podía admirar otra colina verde (colinas verdes por todas partes? estábamos en el centro una “capital europea”?) y seguimos. Era agosto, el mes del festival de Edimburgo. Hay miles de artistas callejeros de todo tipo, casi todos concentrados en el último tramo del royal mile.

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No me pude resistir y con una pequeña intervención con photoshop, dediqué el Royal Mile a la bella Catherine Elizabeth Middleton.

La verdad es que empezar la visita de la ciudad por la calle de los artistas es una pasada: hay gente de todo tipo y suelen tener disfraces pintorescos y maquillajes muy atrevidos para llamar la atención y, la mayoría de las veces, también para balancear el nivel del espectáculo no siempre elevado. Pero está muy bien así, porque se ve que lo hacían para pasarlo bien y no para exhibirse y para pasar por auténticos crack. Había un escenario donde unos 8-10 chavales cantaban gospel, pero todos cantaban la misma melodía con la misma tonalidad. Eso es para dar la idea. Otros vestidos de robots haciendo ruidos raros con la boca, chicas con disfraz de abajas anunciaban un espectáculo por la tarde mientras que unos chinos hacían una especie de danza con máscaras de monstruos.

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Artistas callejeros del Festival de Edimburgo. No siempre los espectáculo tenían un buen nivel, pero el espíritu del Festival y las ganas de pasarlo bien sin más era presente en cada uno de los artistas!

La gente iba a pasarlo muy bien y nada más. Y si no había artista presumiendo de su talento, no había guaperas o chica guapa presumiendo de su belleza a través de un disfraz llamativo. Una diferencia entre italianos y españoles con los escoceses. Más tarde nos enteramos que había también espectáculos de pago, así que seguramente el nivel habrá sido más alto, pero en mi opinión lo bonito de todo era justo la sensación de que cualquiera hubiese podido montarse un pequeño espectáculo.

De hecho un tío vestido de un plástico azul y un gorro espacial, se puso a hacerme ruidos. Me paré y empecé a colaborar, sacando un ritmo utilizando mis mofletes por timbales, acabando por sacar los sonidos más extraños con la boca (soy padre desde hace año y medio casi y domino totalmente el arte de los “sonidos raros”). Fue muy divertido y el hombre algo sabía de música y de improvisación ya que sacamos un buen final a la vez! Había groove! Cuando acabamos, me despedí y vi que era un hombre fuerte y alto. Tenía la cara pintada de blanco pero me hice una pregunta: ¿si lo hubiese cruzado sin pintar y sin su disfraz, y por supuesto sin el contexto del festival, habría sido posible comunicar, como hicimos, con sonidos y ritmos? Habríamos sido capaces de cruzarnos, mirarnos y, sin decir nada, empezar a tocarnos la cara mutuamente? No, por supuesto. Pues, eso.

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Sin ser parte del espectáculo, un escocés de verdad está sentado llamando al móvil. Tiene una atmósfera melancólica y teatral, demasiado para no sacarle una foto.

Llegamos a la entrada del castillo donde un hormiguero te turistas se movía rápido para asomarse dentro y volver a tomar la cola (unos 45 minutos).

Yo soy un burro, lo admito. Sé perfectamente que el Castillo de Edimburgo hay que verlo “porque si”, pero a mí un sitio en que hay un océano de turistas me echa para atrás. Hacer colas para visitar cada pasillo recóndito del castillo me parece absurdo. Si lo más interesante (para mi) es imaginarme el lugar en plena edad media, me resulta casi imposible hacerlo con grupos de turistas riñendo a sus hijos indisciplinados o gritando “oye, que esto no lo hemos visto”! 16 libras cada uno, es decir 48 libras (70 euros más o menos) entre tres (habríamos tenido que invitar a la anfitriona que nunca habría entrado aquel día si no fuera por nosotros) me dio la excusa para pronunciar sin mucha timidez mi opinión. Por suerte, tanto mi novia Sonia como mi amiga Annalisa, estaban más que de acuerdo conmigo.

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Justo antes de la entrada del Castillo de Edimburgo, los gaiteros escoceses 110% gastan sus pulmones para que los turistas se saquen fotos con ellos. En este caso, un fuertote entretiene a mi hija mientras que Sonia intenta convencerla de que si que hay gayumbos por debajo del kilt.

Pasamos del castillo, prometiéndonos de entrar por lo menos en él de Stirling, probablemente la misma pasta, pero con mejor fama. Bajamos y pasamos por la Scottish National Gallery y la Royal Scottish Accademy, para luego meternos en un bulevar de la acera ancha y repleto de gente. El sitio en que yacen la National Gallery y la Scottish Accademy parece el antiguo cauce de un río, ya que están ubicados justo en un pequeño valle entre dos colinas. Más para adelante también la sensación se confirma, ya que hay puentes que sobrepasan jardines, un poco como los jardines del Turia en Valencia. La diferencia es que en Edimburgo pasa la vía de los trenes y hay hasta una estación ahí! La duda se queda: antiguamente pasaba un río por ahí? Lo busqué en google después de haber regresado y parece que no..

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Vista de la ciudad y de lo que me parecía un antiguo cauce.

Ya era la hora de comer y empezamos a buscar algo que no fuese demasiado caro ni demasiado malo. Al final, guiados por mi amiga, acabamos en un pret-a-manger, una cadena de bocadillos y comida rápida con pinta de tienda cara y a la moda. Todos los bocatas eran del día (vamos, que en un Mc Donald los bocatas no sólo son del día sino que te los hacen en el momento, y el mac no es precisamente sinónimo de calidad). (Véase Comer en Escocia – aún por publicar).

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Un callejón al lado del sitio donde comimos. Parece un suburbio urbano pero la verdad es que Edimburgo es una ciudad muy tranquila y este barrio era céntrico y muy seguro.

Paseamos un poco por el bulevar, el Princes Street, algo totalmente prescindible ya que si quiero ver tiendas (y yo nunca quiero ver tiendas) no hace falta subirse a un avión. Lo que más me impactaron fueron las chicas: no digo que sean ni guapas ni feas (aunque más bien pertenecen a la segunda categoría) pero la forma de vestir de la mayoría de las muchachas escocesas es de choni nivel profesional. Tan horteras que resultan hasta pintorescas. Gorditas con leggins extremadamente estrechos y transparentes (la anatomía vaginal ya no tiene secretos para mí) o niñas de 12 años con camisetas tan cortas que enseñaban la barriga hasta el esternón. Sin hablar de las punkis, las góticas, y otras categoría de personas cuya personalidad se identifica con una forma precisa de vestir y de presentarse.

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Uno de los personajes de Edimburgo.

Llegamos hasta una colina, el Calton Hill, desde donde se podía apreciar un bonito panorama de Edimburgo y el mar. Se trataba de un parque y me asusté un poco al principio porque la cuesta empiezaba con unos escalones. No es lo mejor subirse a una colina con escalones si tienes un bebé en el cochecito. Pero se trataba de una falsa alarma, no encontramos más escalones, solamente cuestas. El camino rodeaba la colina en su lado norte, así que desde ahí se podía admirar la parte nueva de la ciudad, (que nueva no era) y el mar. Arriba había un buen parque donde la gente estaba sacando fotos a un monumento con columnas neoclásicas, el monumento a Nelson . Un montón de gente, la verdad, con los típicos italianos saltando todos la vez para sacar la foto más diver del viaje. Había también una cafetería y un museo un poco raro, gratuito (faltaría más) donde habían puesto en una habitación un montón de instrumentos musicales y poster de un grupo totalmente desconocido de los 70. Una pantalla pasaba imágenes de un concierto de punk-rock y un hombre (de verdad) estaba ahí con la mirada fija en la pantalla. Lo más curioso es que se parecía un montón al roquero del concierto. Me paré varios minutos para observarlo y más lo miraba, más aumentaba la semejanza. Además nadie más habría fijado durante mucho tiempo una pantalla de un concierto de los 70 sin audio. Pero bueno, tampoco era muy importante.

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Desde la Calton Hill se puede admirar la ciudad nueva y el mar. Un tllevó su mesa y se puso a hacer sus deberes. Sin duda un escenario que inspira más que él que puedo ver desde mi cuarto.

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Otra vista del Calton Hill

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La pequeña cuesta merece la pena y es suficiente subir un poco para poder admirar un buen panorama desde el lado norte de la colina.

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El monumento a Nelson domina la colia y los prados a su alrededor son un sitio perfecto para descansar un poco, hasta para tumbarse y echarse una pequeña siesta.

Salimos y empezamos a volver hacia el coche, que estaba en la otra punta de la ciudad! Cruzamos otra vez el cauce postizo con un puente, nos paramos en un par de tiendas de suvenir y llegamos al coche tardando menos de lo que había estimado.

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Otra imagen del Hollyrood Park. Es como si se hubiesen traído los highlands al centro de Edimburgo! Ideal para aparcar el coche!

Habíamos sacado un mes antes, un groupon de un restaurante pub que tenía fama. La oferta era muy buena (un 70% menos) y comimos bien y hasta reventar (además el groupon era para 4 personas y sólo éramos tres ya que el novio de mi amiga se había tenido que ir a Francia unos días). MÁS COMIDA!

Acabamos muy cansados y contentos de poder dormir en una buena cama.

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Edimburgo – Día 0

No voy a contar la historia de Edimburgo o comentar acerca de los monumentos imprescindibles de la ciudad, más que nada porque la web está repleta de esta clase de material y estoy seguro que alguien mucho más preparado que yo os pueda facilitar estas informaciones.

Simplemente os cuento mi experiencia y mis sensaciones.

Otra cosa: la ruta en Edimburgo no la elegí yo, la organizó una amiga mía. Dicho esto, empezamos!

Tuvimos que desaprovechar un vuelo muy barato y cómodo hasta Edimburgo porque el horario no era cómodo para mi hijita (un año y pico). Una lástima, porque en agosto, un vuelo por 20 euros es un chollo! La hora no era imposible, si no recuerdo mal era a las 7 y algo de la mañana. Claro que habríamos tenido que despertarnos a las 4 por lo menos. Yo tenía la tentación pero mi novia lo tuvo claro: un rotundo “no”. Y ¡sea!, encontramos un vuelo desde Barcelona a Prestwick, un aeropuerto en la costa oeste de Escocia al sur de Glasgow. El horario era muy cómodo y el precio muy asequible por ser agosto: 361 euros. El precio incluye ida y vuelta para dos más el bebé, una maleta (facturamos una ya) y el cochecito. Además ahora ryanair consiente llevarse, además del equipaje de mano, una mochila más. Un buen precio, por ser agosto. Lo malo es que Perstwick está a 2 horas de Edimburgo, pero bueno…

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Llegando a Escocia, lo que se ve es verde, verde y verde. Y nubes, nubes y nubes..

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La primera escocesa que vi en Escocia. Merecía una foto.

Nos recogió mi amiga con el coche, el viaje fue entretenido porque, además de charlar, tuve mi primer contacto con la conducción al revés: un buen mareo, sobre todo viendo cómo entrábamos en las rotondas. Me habría acostumbrado? Habría sido capaz de conducir yo? A saber.. Pasamos por Glasgow pero sin pararnos. Me quedé con la curiosidad.

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Justo saliendo de Glasgow hacia Edimburgo, una furgoneta típicamente escocés salió del autovía. Lo más típico siempre se presenta a primera hora, hay que estar pendientes y con la cámara lista!

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Mis compañeras de viaje! El viaje es largo (tampoco mucho) y la autovía no ofrece un panorama espectacular, así que Chiara antes y después también Sonia, aprovecharon para echarse una cabezadita y ahorrar energías.

La casa de mi amiga estaba en las afueras, en un buen barrio residencial, pegado a una zona llamada Portobello. La casa era amplia, con moqueta por todas partes excepto en la cocina y en el cuarto de baño. Ella no quería moqueta, pero ahí no hay otra opción! De hecho hay casas que la llevan hasta en el cuarto de baño. Personalmente me parece una guarrería ya que la moqueta no se limpia bien y lo adsorbe todo. Y como biólogo, os aseguro que la moqueta con la humedad del cuarto de baño es algo que me pone la piel de gallina. Habéis observado la cantidad de polvo que se forma por debajo de vuestra cama o del sofá? Pues, no es polvo, sino piel muerta y guarrerías varias. Nuestros tejidos siguen renovándose y muriéndose, constantemente. Hasta cuando entramos en el cuarto de baño. Y los que mueren ahí, ahí se quedan! Si además le pones mucha humedad como la que hay en un cuarto de baño, vas a tener el mejor ambiente para que se desarrollen hongos. Lo puedes limpiar con jabones, con alcohol, pero si no le echas lejía, no vas a matar a los hongos. Es decir, aunque limpies, sigue guarro! Otra cosa del cuarto de baño escocés es algo que ya sabía pero que me sigue impactando: el lavabo tiene dos grifos independientes, uno con agua fría y el otro con agua caliente. No le encuentro explicación ya que supuestamente la instalación de dos grifos resulta más cara. La incomodidad es evidente: el grifo de agua caliente es prácticamente inutilizable ya que el agua sale casi hirviendo y si no mueves las manos constantemente al grifo de agua fría, acabarás con una ustión. Ni comento la falta de bidet ya que italianos y españoles son de los pocos que los tienen (somos nosotros los raritos, en este caso).

En fin, el resto de la casa era una pasada, un salón enorme con chimenea y unas ventanas que dejaban entrar mucha luz, muchas flores fuera y un ambiente muy acogedor. No nos habría dado tiempo ir hasta el centro, así que aprovechamos y dimos un paseo por el barrio, pasando por el Figgate Pond,  un parque muy bien cuidado con tanto de lago, cisnes, pasarelas de madera, tranquilidad y muchas aves.

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El Figgate Pond es un pequeño parque cerca del barrio Portobello, muy cerca del casco antiguo de Edimburgo. Es una oasis de paz, como sugieren las fotos y es muy agradable darse un paseo por las pasarelas del lago. Me sorprendió la ausencia de gente, pero luego me di cuenta de que Edimburgo está llena de sitios como éste.

Montamos otra vez en el coche y fuimos a ver otro jardín, pero estaban celebrando una fiesta y no nos dejaron entrar. Así que, para no desperdiciar el tiempo, nos tomamos una pinta en un pub cercano. La cerveza me gustó, además el ambiente del pub era muy típico, parecía el salón de una casa antigua, con sus muebles y sus sillones. Y sus peculiares clientes!

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La típica atmósfera de un pub UK, todo amueblado para que te sientas como en casa, con tu sillón, tu amigo, un poco de música y toda la cerveza que quieras!

Cenamos pasta en casa con una salsa de chorizos de tofu que nunca en mi vida me habría atrevido a comer. En fin, carne vegetariana, ya que la anfitriona era vegetariana. Habrá sido el hambre o la expectativa muy baja, pero me gustó la cena!

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Yellowstone National Park, Wyoming (tercera parte)

Vale, voy a concluir el cuento de Yellowstone y lo hago a lo grande, hablando de una de los lugares más espectaculares que haya visto en toda mi vida: el Mammoth Hot Springs!

Llegamos después de un tramo en coche en él que nos llovió , pero al aparcar, dejó de llover. Todavía había nubes violetas cargadas de lluvia, gordas y amenazadoras, pero unos rayos de sol ya se estaban abriendo camino. Una luz perfecta que habría vuelto pintoresco hasta un descampado de un barrio de periferia. Bueno, quizás no tanto, pero tuvimos muchísima suerte con el tiempo y yo con la luz para mis fotos! Hot Spring significa en inglés algo como agua caliente subterránea que sube hasta la superficie, pero no estoy muy seguro de la definición correcta. No tiene nada que ver con una primavera caliente, de eso no me cabe duda! El agua que llega a la superficie roza los 80 grados y echa humos.. y si hay terrazas naturales que parecen piscinas que están literalmente hirviendo, eso no es nada porque ahí viven algas y bacterias pigmentadas que hacen que los laguitos sean rojos, amarillos, azules, verdes o vete-tú-a-saber..

Además los flujos térmicos por un lado llevan ahí miles de años, pero por el otro varían mucho a nivel microgeográfico por los terremotos. Y si desde ahí se puede apreciar la terraza de carbonato de calcio más extensa del mundo, es cierto que también se desplaza y deja muerte y destrucción. Ahí si que no viven los bichos de colorines. Los animales se desplazan, pero las plantas no. Así que la terraza más famosa, la Minerva Terrace, tras unos terremotos, se movió un poco. Un paisaje lunar. O mejor incluso, “marciano”!

Os dejo con unas cuantas fotos, recordando que no he alterado los colores. En mi personalísima opinión, el Mammoth Hot Springs merece él solo un viaje a Estados Unidos. Y los que piensan que EEUU es sólo NYC o grandes ciudades, están muy equivocados!

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Por la mañana el cielo soleado daba un aspecto más perezoso a los bisontes

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Lo siento, un montón fotos todas del mismo sitio, pero por muchas que sean, nunca serán suficientes para describir la espectacularidad del sitio! Mammoth Hot Springs

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En la vuelta nos paramos en uno de los centros urbanos más grandes de Wyoming, Thermophilis, un pueblo de 3000 y pico habitantes. La foto os enseña la avenida principal.

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Los viajes en coche siempre ofrecen panoramas interesantes: este lago tenía el litoral literalmente amarillo. No nos pudimos parar, 12 horas seguidas de coche para llegar a una hora razonable a Denver no permiten paradas sino las fisiológicas.

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Las carreteras de Wyoming son último recuerdo de un estado vacío con un tesoro escondido en su extremidad norte. Por cierto, cientos de kilómetros de carretera vacía con horizontes despejados y al lado de la carretera siempre vallas o recintos. Con nada. Solo alambres. EEUU es el paraíso de la propiedad privada! Pero dudo que esos trozos de tierra sean de alguien, quizás simplemente del gobierno y por eso, hasta que nadie los quiera o sean útiles, se los queda.
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Video!

Os dejo con el video del viaje!

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Paris: tercer día

Así que llegamos al último día. Cogimos el metro y llegamos hasta el Arc de Triomphe.

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La parte “chic” de Paris con sus tiendas y su glamur, empieza por el Arc de Triomphe. si está en vuestros planes de Paris, aconsejo que lleguéis al arco en metro y os dirijáis hacia la Place de la Concorde andando porque es cuesta abajo.

No es nada más que una grande rotonda con un arco en el medio, pero es todo muy grande! De ahí bajamos (si, cuesta abajo, un acierto!!) la avenida Champs Elysées (campos Eliseos) donde es un sinparar de tiendas de lujo con cochazos aparcados, escaparates con pendientes de 30 mil euros y un montón de turistas (nosotros incluidos) mirando este planeta diferente al que nunca haremos parte. De hecho no me imagino un vip aparcando en doble fila justo delante de una de esas tiendas, abriéndose el camino en el follón de turistas y saliendo del salón con un Maserati nuevo. Pero vamos, que con los precios que tenían ahí, con un par de clientes semanales se forran! La avenida es larga y se nos hizo la hora de comer de nuestra hija, así que tuvimos que aventurarnos en uno de esos bares de diseño para que nos calentaran el potito. Elegimos uno rosa que tenía más pinta de club nocturno (de los elegantes) con los camareros guapos y finos y los precios que confirmaban que era un lugar para gente con pasta. El barman negro no dejaba de preparar cócteles aunque eran las 12 del medio día y la gente se estaba tomando un café o un sandwich mixto. Se llevó el potito de nuestra hija (una asquerosidad de espinacas y no-quiero-saber-qué-más comprada en el Carrefour cerca del hotel) y nos lo devolvió a una temperatura perfecta. El problema es que mi hija no quiso saber de comérselo y montó un medio pollo que me hizo pasar un poco de vergüenza.. no estoy acostumbrado a que llore y menos aún en un sitio tan aristocrático como aquel. No pasó nada, los camareros ni nos miraron mal (todavía tenían que cobrar) pero malgastamos el dinero de un café y una cocacola verdaderamente caros! Salimos que se estaba acercando la hora de comer y eso habría implicado más gastos. No había bares normales ahí, pero por suerte en una placita había una furgoneta con un tío que hacía crepes dulces y saladas. (Véase apartado “Comida”) 5 euros por crepe, pero con un par de ellas me quedé a gusto y listo para seguir! Siguiendo la avenida, al lado derecho hay un par de palacios-museos dignos de nota: el “pequeño” y el “grande”. No tuvimos tiempo de entrar en las exposiciones, aunque parecían muy interesantes.

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Dos robocop transalpinos patrullan la avenida de Champs Elysées bajo la mirada sorprendida de una mujer. La verdad es que iban armados como militares.
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Un empleado en una de las tiendas más exclusivas de Paris, esperando clientes.
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Soy italiano y esos precios me recuerdan cuando en Italia teníamos la lira. Habrían sido precios razonables. Se dice que el tiempo es dinero pero los de Rolex se han pasado!

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Una esposa asiática baila entre las margaritas de Champs Elysées para sacarse fotos recuerdo. Un fondo normal, pero un lugar emblemático.

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La misma novia, con colores.

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A las 12 del mediodía este elegantísimo barman no dejaba de sheckear cócteles aunque los clientes seguían pidiendo una cocacola o un café. La parada en este bar fue obligatoria pero si queréis vivir el glamour parisino, os advierto que no os saldrá muy barato. Yo pedí un café y fue uno de los más caros de mi vida. (4 euros)

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El palacio pequeño, ubicado en frente del grande, es uno de las decenas de museos que ofrece la ciudad

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Otra foto del palacio pequeño (Petit Palais)

Llegamos así a la Place de la Concorde, la más grande de Paris, segunda en toda Francia. La verdad es que su interés está en el tamaño y en la magnificencia ya que al final y al cabo es una inmensa rotonda.

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Place de la Concorde. Un excéntrico al semáforo, con tanto de gorra y bufanda. Vive la France!

A pocos metros visitamos la Iglesia de la Madeleine donde se estaba celebrando una función que tenía pinta de ortodoxa y la Opera.

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La iglesia de la Madeleine, justo al lado de la Plaza de la Concordia.

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Una joven mujer descansa leyendo un libro sentada en los escalones de la Iglesia de la Madeleine

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La Opera tiene una fachada principal pero también una lateral (en la foto) digna de ser vista. La foto es una panorámica ya que el edificio tiene un tamaño considerable.
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Una de las estatuas de la fachada principal del palacio de la Opera.

Seguimos hacia el río metiéndonos por los jardines, cuya nota interesante es que están en línea con el obelisco de Place de la Concorde y el Arc de Triomphe, que hallándose en una colina, se ven claramente alineados. Por el otro lado, los palacios del Louvre. Siempre por ahí pasamos por el Musee d’Orsay, cerrado. El palacio es curioso porque se trata de una antigua estación de estilo liberty y alberga una pinacoteca impresionante con la mayor colección de obras impresionistas del mundo. Vamos, que aunque tengáis mala suerte y os llueva, siempre habrá museos impresionantemente interesantes por visitar en Paris. Yo entré en 1989, esta vez no tuvimos tiempo (además pasamos el lunes, día del cierre)

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El edificio del Museo d’Orsay era una antigua estación de trenes, muy pintoresca por cierto. En su interior alberga la mayor colección de obras impresionistas del mundo
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El edificio es vigilado por estatuas negras que escrutan alrededor.

Visitamos el Pantheon, los Jardines de Luxemburgo y acabamos viendo Los Inválidos y la Escuela Militar. O sea, el último día andamos mucho, exprimiendo cada gota de nuestro tiempo para verlo todo.

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La fachada del palacio del Panteón,  en el Barrio Latino, donde se hallan las tumbas de personajes ilustres como Rosseau, Hugo, Zola o Marie curie. La entrada no es gratuita.

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El Jardín de Tuileres es uno de los jardines más extensos del centro. Aún así, hay mucha gente, se ve que los parisinos lo viven literalmente. Pasean, leen libros o se echan una cabezadita en el césped

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Era un día de calor

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Palomas y estatuas en el Jardín de Tuileres

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Los Jardines de Luxemburgo. Los parisinos los utilizan también para correr, ya que hay un sendero tranquilo que rodea el parque sin tener que salir a la calle

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Mayo es buena época para visitar los jardines, había flores por todas partes. Jardín de Tuileres

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Una fuente con su laguito en los Jardines de Luxemburgo

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Jardín de Tuileres

Acabamos el día bajando en el paseo del río Sena, entre barcos amarrados y pocos parisinos sacando al perro. No es un itinerario que suelen hacer los turistas, evidentemente, pero es muy agradable porque se respira tranquilidad y paz en pleno centro de Paris. Nos vino bien para relajarnos un poco.

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El litoral del río Sena por arriba y por abajo.
Si por arriba está lleno de puestos de artistas y tiendas de postales, libros antiguos y posters de películas francesas, por abajo se esconde un paseo tranquilo y silencioso que recorre todo el centro histórico

 

Ahora tendría que escribir una conclusión pero me parece patético dar un juicio a una ciudad como Paris. Estamos hablando de una de las ciudades más visitadas, bonitas, etc., del mundo y es evidente que si tuviera que expresar una opinión personal sería más que positiva! No es precisamente barata pero hay soluciones para todos los bolsillos. No hay zonas de interés que sean peligrosas pero, como siempre, hay que tener cuidado con los carteristas.

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Paris es una ciudad que refleja glamour en cada rincón de la ciudad
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Paris: segundo día

Aunque la línea del metro tenía un tramo cortado, lo cual habría implicado el rollo de dar una mega vuelta por los raíles subterráneos de Paris haciendo además unos cuantos transbordes, no habríamos podido no ir a ver la Tour Eiffel. Como la mayoría de las cosas que vi en este viaje, también ya había visto la torre, pero es siempre un placer, aunque esta vez no subí arriba. Tampoco me apetecía porque la cola era extraordinariamente larga. La Tour Eiffel es tal y como uno se la imagina después de haberla vista mil veces en las fotos. No defrauda nunca! Una cantidad de hierro impresionante que logra diluir el río de personas en él que se halla. Estés donde estés, siempre habrá un metro cómodo para poder llegar a verla. (si la línea no está en obras, claro!). Recuerdo que cuando subí por primera vez, subimos por la escalera hasta la primera planta. Es verdad que el ascensor es más cómodo, pero subir las escaleras te permite vivir la torre, tomar contacto con el hierro, ver los tornillos que mantienen unidas las piezas, hablo de tornillos grandes como calabazas. Subir permite alejarse de la gente e “intimar” con la Torre. En mi caso era el 1989, el año del centenar de la Tour Eiffel (y el bicentenario de la Bastilla, ¡año perfecto!) así que han pasado varios lustros, pero la construcción sigue actual, moderna y a la moda! Impresionante! Viéndola en este viaje me pregunté ¿cómo hicieron para que no se oxidara a lo largo de los años?

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Los símbolos de las ciudades se suele corresponder con las estructuras  más altas o más grandes, no hace falta que sean también las más bonitas. Nueva York tiene su estatua de la Libertad (no creo que sea lo mejor de la ciudad), Roma tiene su Coliseo (hay cosas más bonitas) y Paris obviamente tiene la Tour Eiffel. La Tour Eiffel si que es de las cosas más bonitas de la ciudad; impacta por dimensiones, edad y línea que sigue muy moderna. Se dice que la mejor vista de Paris no sea desde la torre sino de Montparnasse, primero porque desde ahí se ve la Tour Eiffel y en segundo lugar porque no se ve Montparnasse. En fin, hablamos de una torre del 1889 que mide más de 300 metros.

Cerca de la Tour Eiffel hay varios jardines para poderla admirar desde diferentes perspectivas: el Champ de Mars es ideal para ver la torre entera y sin edificios por delante, pero nosotros recorrimos una mínima parte de los jardines porque son extensos, llegan hasta Monparnasse y habría sido un poco perder el tiempo. París en tres días y con una niña de un año no te permite perder una mañana en un único sitio. Cruzamos el río Sena para ver los Jardines Trocadero y el Esplande du Trocadero, con su Palais de Chaillot. Yo la verdad es que no tenía ganas, ya lo había visto y no me pareció nada especial en su época y esta segunda vez confirmó el recuerdo que tenía. Obviamente es una opinión personal, pero un jardín normal y un palacio monumental pero quizás demasiado “imperial” no llegaron nunca a impactarme mucho. Dejamos la imponencia de esos edificios para meternos en otra parte de París: bajando en la parada Strasbourg y caminando hacia la Sena, se pasa por un barrio rojo (no es Pigalle) Rue Saint Martín, que luego se vuelve también alternativo. No lo sabíamos y en principio vimos a unas asiáticas mayores paradas pero sin la elegancia que las suele caracterizar. De hecho sus ropa enfatizaba la femineidad de sus cuerpos aunque las caras eran bastante masculinas.

Esperaban paradas, hablando entre ellas pero todas orientadas hacia la acera. En principio no lo entendí, caí cruzándome con el segundo grupo de prostitutas. De ahí empezó un carrusel de peep-show, puticlubes, tiendas triple equis en las que, de vez en cuando, se asomaban tías con las clásicas botas altísimas y las minifaldas fucsia. La verdad es que las prostitutas eran más pintorescas que sexy y me dio la impresión que la mayoría eran en realidad tíos, ya que algunos ni lo disimulaban: tetas de bote, pintalabios rojo y barba.

Los del barrio parecían estar muy familiarizados con el ambiente: una señora mayor vestida más o menos elegante, estaba sacando al perro y charlando con una “señorita”, como dos amigas íntimas. Lo le espantaría los clientes, acaso? Como anticipé, siguiendo adelante la calle se volvió alternativa, llena de jóvenes finto-rebeldes y tiendas de ropa alternativa (alternativa a qué, ya que son todas iguales?).

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Una asiática (o asiático?) trabajando en la calle en el Boulevard Saint Denis.

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La plaza Emile Chautemps, en un barrio de jóvenes alternativos justo por debajo del barrio rojo.

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Un hombre a la espera de algo en la Puerta de Saint Martin
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Un cliente regatea con una prostituta en la Rue du Saint Martin

Queríamos llegar al Centre Pompidou pero al final desviamos y fuimos a ver la iglesia más importante de Paris, Notre Dame. La entrada es libre (igual que la del Sacre Coeur) y la coda muy larga, pero rápida. Se formó casi una espiral humana y nos colamos sin darnos cuenta, pero nadie nos dijo nada. Cuando por fin vi que estábamos en el medio de la cola, nos fuimos al final aunque la gente no estaba protestando. Estoy acostumbrado a las colas italianas, donde hay que pelear con los dientes tu sitio y siempre me ha dado mucho coraje la gente con mucha cara que se cola. No voy a comentar la iglesia ni por fuera ni por dentro, ya que habrá montones de informaciones en la red. Pero en los jardines que están justo delante de la fachada principal, hay muchísimos gorriones que se acercan y los niños (y adultos) que le intentan dar de comer. No creo que sea una moda de un día ya que los gorriones parecen muy acostumbrados a la gente y no le tienen miedo para nada.

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 Notre Dame, acabada en 1245, es una de las catedrales más antiguas de estilo gótico: gárgolas e historia se funden en quizás la iglesia más emblemática de toda Francia (anqué por su fachada exterior me conquistó más la Iglesia de Sacre Coeur)

Entramos también en el Barrio Latino. Tenía mucha ilusión, ya que había leído que era muy típico, pero me quedé un poco decepcionado, la verdad. Es un sin parar de tiendas de souvenir, turistas y restaurantes. Igual que en Mont Martre pero sin la atmósfera que respiré ahí. Pasamos también el día siguiente, por si nos habíamos dejado algo, pero la verdad es que no. Una nota positiva: ahí comimos bien y fue la comida más barata de nuestra breve estancia en Paris. (Véase apartado: “Comida)

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Nunca he visto tantas librerías como en Paris: es cierto que el clásico parisino intelectual un poco arrogante pero aristocrático no es nada más que un estereotipo, pero viendo tantos libros yo un poco me lo creo.

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Un señor descansa con su libro y su copa de vino en un bar del Barrio Latino.

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La Paris romántica está por todas partes: en los callejones de MontMartre, en las terrazas de los bares bohemios y en los puentes del río Sena

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El ayuntamiento de la ciudad ofrece un servicio de bicicletas públicas, aunque no creo que sea muy cómoda para hacer turismo. No nos informamos (además tenemos un bebé)

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MontParnasse es el rascacielos más alto de Paris. Los parisinos los odian y afirman que desde arriba se puede gozar de la mejor vista de Paris por dos buenas razones: se puede ver la Tour Eiffel y, sobre todo, no se ve MontParnasse
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Paris: Primer día

Nos despertamos y fuimos a comprar el desayuno en el Carrefour al lado del hotel (véase apartado “Alojamiento“). El programa era ir a ver la Tour Eiffel, pero descubrimos que la línea del metro hacia la Torre estaba cortada, nos avisó un hombre simpático desde la taquilla de las informaciones del metro (Véase apartado “Gente“) así que cambiamos de rumbo y nos dirigimos hacia MontMartre. El metro nos dejó a 100 metros de los escalones, parada Anvers, (véase apartado “Transportes“) en un barrio muy turístico lleno de tiendas de postales, souvenir y por supuesto turistas.

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Mi primera foto en Paris. Una de las calles con más tiendas de souvenir de toda París empieza con una tienda bastante auténtica de ropa. El nombre de la tienda invita a robar la prenda, pero la verdad es que tampoco tiene precios muy altos.

Desde abajo la iglesia del Sacre Coeur me recordó un poco el edificio del Taj Mahal de la India pero con gárgolas, todo blanco y con estas cúpulas muy orientales. Además estando ubicado justo en la cima de una colina, impone bastante. Los escalones que conducen a la iglesia ahí arriba son muchos para subirlos con un cochecito, pero no había alternativa, solamente había algunos rellanos con vista y bancos para poder descansar y sacar unas fotos durante la subida. Si por delante se hallaba la iglesia, por detrás, subiendo, se veía cada vez mejor la ciudad de Paris. Un encanto. La iglesia francamente me gustó más por fuera que por dentro, la peculiaridad la tiene sin dudas su apariencia exterior y la ubicación.

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Una de las terrazas que fragmenta la subida hasta la iglesia. Había rampas de lado, pero es igualmente agotadora!

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En la misma terraza, una pareja goza de la vista y de una botella de tinto. La idea del vino francés tienta mucho el turista extranjero que se concede a menudo botellas baratas hasta por la mañana.

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Visión de las terrazas o rellanos y de la ciudad desde MontMartre. Indudablemente merece la pena dedicar unas horas a visitar este barrio donde se respira una atmósfera de pueblo, en evidente contrasto con el glamour de las grandes avenidas y de los palacios imperiales del centro.
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Desde la puerta de la iglesia se puede apreciar una vista preciosa de Paris. Una mujer aprovecha el transito de los turistas para pedir limosna en el umbral.

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Las típicas gárgolas de Paris están por todas partes, no es ni siquiera difícil buscarlas ya que aparecen en iglesias, palacios y rincones más inesperados.

El barrio de MontMartre es uno de los más típicos de toda parís, con sus callejones y la Plaza du Tertre, donde un número indefinido de pintores realiza a diario retratos y dibujos in situ. Sin duda es todo muy pintoresco; la pinta de los artistas es quizás lo más pintoresco de todo, ya que me pareció estudiada minuciosamente. Cada uno de ellos se acopla al estereotipo del artista: hay mujeres con pinta estrambótica con pelo de plata y enormes monturas de gafas de colorines, el típico artista de mediana edad con el pelo largo y el gorro de intelectual, hasta él que recalca la figura del típico parisino bohemio con su chaqueta de terciopelo con parches en los codos y el bigote cuidadosamente por arriba.

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La Plaza du Tertre, con sus artistas y sus colores, es uno de los lugares más típicos de Paris.

Nos paramos a comer algo (Véase apartado “Comida“) y un paseo más, pasando por una viña en pleno centro parisino, hasta la Rue Caulaincourt donde volvimos al centro. Se respira una atmósfera de pueblo más que de grande ciudad; los edificios son bajitos, las calles estrechas y hay muchas tiendas pequeñas; parece estar muy lejos de las grandes avenidas y los palacios majestuosos del centro.

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Justo detrás de la iglesia de Sacre Coeur se halla esta viña, en el corazón de una grande metrópoli como Paris. No se si el vino que producen con esta uva sea bueno o menos, pero dada la denominación de origen, tiene que ser carísimo.

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Cerca de la parada del metro, alejándose del corazón de MontMartre, los edificios readquieren un tamaño más grande, aunque las calles sigan muy estrechas.

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En MontMartre como en cualquier otro barrio, un buen número de librerías ofrecen al viajero y al parisino una oasis de papel donde descansar y buscar libros. Suelen ser tiendas pequeñas pero hasta arriba de libros, siempre con aire muy familiar y acogedor.

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Un cocinero se toma un minuto de descanso y aprovecha para consultar el móvil. El grupo de turistas que tenía detrás intentó copiarme la foto pero el cocinero se dio cuenta y se enfadó con ellos. ejej

Habíamos comprado dos entradas para visitar el Museo del Louvre, etapa obligatoria de la ciudad. Lo que no está bien hecho es que las entradas que compramos por internet no se pueden imprimir como un billete de avión, sino que hay que recogerlas en determinados sitios de la ciudad (y de Francia), pero tampoco en el Louvre! Y si el recepcionista del hotel (Véase apartado “Gente“) nos vaciló diciendo que habríamos tenido que recogerlas en el quinto pino, mejor mirar antes por internet el sitio más cómodo porque pedir ayuda en la ciudad puede ser contraproducente. Nosotros las retiramos en Rue de Pont Neuf 31 a 10 minutos andando del museo. Llegamos que había una cola bastante larga y oí a dos italianos que estaban comentando que por la mañana vieron el doble de cola, así que me alegré de tener las entradas y hacer una cola “preferente” o “vip” o “prioritaria” o cómo se llame. Además con el cochecito del bebé, nos hicieron bajar con un montacargas sin tener que esperar ni siquiera un minuto. No voy a contar del Louvre aquí, no os desvelaría nada más de lo que podáis encontrar en un cualquier sitio web, blog o cuento de amigos. Sólo digo que es enorme (ya había estado) y que uno podría pasar días enteros dentro sin repetir salas. El billete de todas formas vale durante un día entero. Puedes salir y volver cuantas veces quieras.

Nosotros pasamos muy poco tiempo, creo que 3 horas o poco más. Ya lo teníamos claro antes: antiguo Egipto, la Gioconda (deseo de mi novia) y si quedaba tiempo, algo más.

Es cierto que es todo impresionante, la calidad y la importancia de los objetos expuestos puede emocionar. Tanta belleza eclipsa el edificio mismo del Louvre que es también muy bonito! No hay muchas medidas de seguridad, en España probablemente nos habrían hecho pasar antes por un detector, pero con toda la gente que visita el Louvre cada día, se haría probablemente imposible.

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La hall del Louvre es un hormiguero de gente que viene y que va, se podría hacer un timelapse.

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En los pasillos principales del Louvre, jóvenes artistas buscan inspiración ayudándose con las pinturas de los Grandes Maestros.

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Una momia descansa desde milenios, los últimos años gozando de compañía (miles de turistas pasan a diario por los pasillos de la sección del Antiguo Egipto)

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Como una star saliendo de un hotel de Holliwood, la Mona Lisa sonríe a los fotógrafos que incesantemente utilizan sus tabletas y móviles para sacar una foto que en google encontrarían a una calidad altamente superior.
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Se podrían sacar miles y miles de fotos, la sensación es de hallarse en un libro de historia.

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Probablemente, el primer porno de la historia.

El primer día ya había acabado, volvimos al hotel y nos concedimos una pizza en una pizzería italiana – se le antojó a mi novia. No lo he ni puesto en el apartado de la comida porque no hay nada menos típico que cenar en un restaurante italiano en Paris. Por cierto, la pizza estaba bastante rica!

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El primer día fue el único anublado. Hasta llegó a chispear. Pero para mi fue el mejor día para ver la ciudad.
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