Edimburgo – Día 3

Llegamos al último día en Edimburgo, antes de empezar nuestro viaje itinerante. Un día soleado, un pequeño regalo para despedirnos de la capital de Escocia! Nuestra idea era de ir al centro a ver la parte que nos quedaba del casco antiguo, pero nuestra amiga-guía insistió en ir al jardín botánico y, como que habíamos expresado nuestro disentimiento el día de antes, subiendo a su coche no dijo adónde nos estaba realmente llevando. Aparcó en un barrio residencial bastante bonito y después de unos 200 metros andando, vimos el cartel que ponía Jardín Botánico. Pues, no nos quedaba más remedio que verlo, aunque no nos llamaba la atención porque el viaje en coche que habríamos empezado el día siguiente, era de interés más que nada paisajístico. Me arrepentí de haber sido escéptico porque el jardín mereció la pena, estaba muy curado en todos los aspectos y estuvo muy bien también para una niña pequeña como mi hija. Ahí había además un montón de ardillas que estaban tan acostumbradas a las personas, que se acercaban sin miedo en busca de comida. En el jardín se encuentra también un edificio central donde entramos para utilizar los aseos, muy limpios. Había una zona niños con muchos juguetes, wifi gratis (qué está bien para los turistas que, como nosotros, no disponen de una tarifa internacional) y una exposición fotográfica de viajes muy interesante. Salimos por el lado opuesto y fue bastante bien pensado por parte de mi amiga porque llegamos a ver una parte de la ciudad que no habíamos visto.

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Una ardilla posa para mi en el jardín botánico de Edimburgo. Los animales, acostumbrados a que los seres humanos les solemos dar de comer, no nos tienen miedo y se acercan bastante, con cómica curiosidad, en busca de algún fruto seco.

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Un bombo está totalmente perdido en los olores y colores de las flores que no me hace caso. Hay miles en el jardín, pero no hay que tenerle miedo: no son agresivos como las avispas y son esenciales para el mantenimiento del ecosistema.

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Aquí nadie le tiene miedo a nadie.

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Una abeja se pierde en el azul de las flores del jardín botánico.

Volvimos al coche para ver el Fettes College, un colegio que más bien tenía pinta de castillo gótico. Carteles espantadores prohibían el paso a los visitantes y no estudiantes, pero entramos de todas formas. El jardín estaba vacío, no había nadie, sólo el ruido de nuestros pasos. En agosto también los escoceses están de vacaciones. Éste fue el colegio de personajes del calibro de Tony Blair, y efectivamente no tenía pinta de ser un colegio público. Otra parada breve que pero mereció la pena.

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El Fettes Cottage es un colegio abierto y con alumnos todavía, pese a que tenga pinta de castillo-museo. La ausencia de gente se debe a que en agosto no hay estudiantes y hay carteles que indican que el acceso está prohibido a los no estudiantes.

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El Fettes Collage tuvo como alumnos personajes ilustres como Tony Blair. Salió también en películas como en James Bond (sólo se vive dos veces) o Captain Britain (el equivalente de Capitán América)

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Detrás del college se hallan unos edificios pintorescos como éste. Aunque no parezca, estamos en el centro de la capital de Escocia.

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El Fettes College desde la avenida que termina entrando en su jardín.

Nos dirigimos a comer algo y luego pasamos otra vez por el Royal Mile, a gozar de la atmósfera lúdica de los artistas callejeros del festival, siempre diferentes.

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 El Royal Mile, como siempre durante el festival, ofrece espectáculos nuevos, entretenimiento gratuito y mucho buen rollo

Recorrimos una avenida muy turística, llena de tiendas de souvenir en las que mis compañeras de viaje quisieron entrar. Vimos hasta una boda (la novia se parecía a un actor cómico italiano de los 80, Jerry Calá) y la universidad.

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La clásica escena de boda con la novia que pretende salir del coche, posando para su fotógrafo. El otro pie de ella nunca llegó a pisar realmente el suelo. Fue una bajada postiza.

Pasamos otra vez por las calles de la parte medieval: Candlemaker Row y Grassmarket, esta vez pudimos verlas sin lluvia! Había también espectáculos callejeros que probablemente eran independientes del festival de Edimburgo, pero vete tú a saber.

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Grassmarket y Candlemaker Row son dos de las calles más representativas para mi de la ciudad de Edimburgo. El estilo exquisitamente medieval se mezcla con la vida moderna, dando la impresión de estar dentro de la historia y de vivirla con los demás

Circunnavegando el castillo, se pasa por muchos edificios antiguos. Lo más curioso es algo que notamos durante toda nuestra estancia en la ciudad: mirando hacia dentro, las casas tenían muebles viejos, las ventanas llenas de polvo y dejan la sensación de haber sido abandonados unos 30 años atrás. Pues, la gente sigue viviendo y estoy seguro que vivir en pleno centro no es barato, así que nos surgió la pregunta: ¿por qué? El estilo de los interiores no es del clásico salón antiguo con chimenea, es de muebles viejos sin atmósfera. Curioso detalle.

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El castillo de Edimburgo está ubicado en una pequeña montaña justo en el centro de la ciudad. Para ir de un sitio a otro, hay que circunnavegar la colina, lo cual permite de apreciar la construcción desde varios puntos.

Seguimos hasta meternos en un jardín, el Princes Street Garden, en uno de los bares más frecuentado por turistas de toda Edimburgo. Las mesas de fuera estaban petadas de gente, pero encontramos un hueco entre un grupo de japoneses y una pareja. Lo más desagradable es que había muchas avispas por ahí, atraídas por los restos de comida que los camareros tardaban en recoger. Así que el trozo de tarta que ordenó mi amiga, fue nuestro imán personal. Yo lo confieso: las avispas me dan miedo, pero más aún no quiero que piquen a mi hijita. En fin, no fue un descanso agradable para mi, además el continuo pasar de los turistas me daba la sensación de estar en una colmena para seres humanos. Tal vez esta última frase es un poco exagerada.

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Un par de caras que otros clientes del bar del jardín de Princes Street. Fotografiar me hacía olvidar de las avispas que me estaban fastidiando el relax

Se nos había acabado el tiempo, el día siguiente habríamos tenido que llegar al aeropuerto de Edimburgo para recoger el coche que había previamente alquilado a través de internet.

Ahora me siento en deber de hacer un par de conclusiones de Edimburgo.

Es difícil creer que se trate de una capital europea, tiene más bien pinta de pueblo grandote. La misma Glasgow creo que tiene el doble de habitantes. La presencia de zonas verdes, parques, montañas casi salvajes y mucho, mucho espacio, aumentan la sensación de no hallarse en una “ciudad”. Lo que más me ha sorprendido son los contrastes. La gente es muy alegre, con muchas ganas de pasarlo bien: los escoceses son muy agradables pero los edificios son fríos y oscuros. Pero… (otro pero) ninguno en toda la ciudad te da la sensación de no ser acogedor. La austeridad de las piedras y de los ladrillos grises son rotas por continuas manchas de colores vivaces de las flores, siempre presentes en los umbrales y en las ventanas. No hay ni una planta pachucha, están todas perfectas y sin hojas muertas en el suelo.

Nos marchamos sin haber visitado el castillo y – seré burro – no me sentí arrepentido. Si hubiese tenido un par de horas más, habría preferido dedicarlas al museo National Museum Scotland , que me pareció muy interesante y en él que estuvimos solamente unos 40 minutos.

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Una visual de Edimburgo clásica, con sus casas austeras, sus árboles verdes y sus nubes siempre amenazadoras

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El festival está lleno de artistas pintorescos, pero a veces no son los únicos personajes que se mueven por el Royal Mile

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Mis compañeras de viaje. Todas las experiencias vividas, las he compartidos con ellas

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Hasta que Escocia pertenezca al Reino Unido, encontraremos las típicas cabinas telefónicas UK

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Estaba en el coche en movimiento y logré cambiar el objetivo en un secundo para poder sacar esta foto, seguramente muy curiosa.

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Detrás del castillo, en un barrio un poco menos turístico, un perro ofrece una triste bienvenida a la librería de su dueño, mientras que uno de los hombres peores vestidos de Escocia se está dirigiendo hacia mi

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Edimburgo – Día 2

Empezamos el tercer día con las previsiones meteos que anunciaban lluvia. El día de sol de antes había sido nuestro regalo de bienvenida, pero ya estábamos preparado a enfrentarnos a la lluvia escocés. Salimos que aún no estaba lloviendo, pero las nubes se estaban condensando y las previsiones no dejaban esperanzas.

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El barrio Portobello, al igual que la mayoría de los barrios de los alrededores de Edimburgo, está lleno de edificios bonitos y casas que parecen pequeños castillos. Me llamó la atención esta entrada, tan dejada. Algo muy raro en Edimburgo.

Fuimos al centro en autobús, uno de estos a dos plantas típicos de Reino Unido. Personalmente, siempre me ha encantado viajar en uno de estos vehículos, pues se ve todo desde otra perspectiva. Nuestra amiga-guía eligió ir a un par de museos para aprovechar el día atmosféricamente malo. Lo que no entendí era para qué meterse en un museo si no estaba lloviendo aún, ya que mi intención era la de aprovechar de cada minuto sin lluvia para dar vueltas por la ciudad. Pero bueno, entramos en el primer museo, el Scottish National Portrait Gallery, o la Galería Escocés Nacional de los Retratos, que no era nada especial, pero el palacio en sí merecía la pena, además la visita era gratuita. Lo único que me interesaba realmente del museo era una exposición de fotografía, pero la habían quitado temporalmente para hospedar a una colección de no se qué. En fin, en el museo había un par de cuadros que tenían bastante energía emotiva, lo tengo que admitir, pero mi pensamiento iba a los últimos rayos de sol que estaban iluminando la ciudad y que nos estábamos perdiendo para siempre.

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Scottish National Portrait Gallery. Una chica se entretiene con un libro mientras que yo espero a que mis compañeras de viaje salgan de los aseos.

Salimos del museo que no estaba lloviendo aún. Decidimos por lo tanto seguir andando hasta el centro, pasando por calles muy pintorescas y tranquilas de la ciudad.

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En algunas calles del centro, llaman la atención esos contenedores de sal, señal inequivocable que en invierno la acera hiela con frequencia.

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Entrada antigua del Stockbridge Market

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 Un callejón en pleno centro de la capital escocés.

Llegó la hora de comer y, como siempre, empezamos a buscar un sitio que nos agradara a los tres. Yo me apunto a todo lo que no sea demasiado caro, hasta un Mc Donald puede ser mi restaurante, a veces. No pasa nada. Al final entramos en una tienda de alimentos que también tenía 4 o 5 mesas dentro. Era todo muy francés y muy casero, o por lo menos esta era la sensación. La dueña, una mujer anciana con su delantal de toda la vida, se movía lentamente mientras que un chaval fuertote no dejaba de cortar jamón y quesos. En fin, los ingredientes eran buenos, todo se presentaba tan rústico como gastronómicamente elevado (francés, y de la huerta) y me tomé además una cerveza directamente del estante de exposición. La verdad es que lo del restaurante dentro de la tienda es una buena idea. (véase Comida).

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La presencia de un riachuelo nos sorprendió mientras estábamos buscando un restaurante para comer

Al salir del restaurante nos dimos cuenta de que estaba lloviendo. Y mucho. Decidimos coger un autobús e ir al museo nacional escocés, el National Museum Scotland. Por suerte había una línea muy cercana que nos habría dejado justo en la puerta del museo. Perfecto! La parada del autobús estaba llena de gente que intentaba repararse de la lluvia. Había hasta gente fuera que intentaba acoplarse, sin éxito. Nosotros decidimos en principio repararnos pegándonos a un edificio, para luego movernos un poco hacia un arco de piedra muy ancho. Esperamos media hora abundante, con mi hija que protestaba bastante porque le habíamos puesto la burbuja de plástico para que no se mojara. El autobús llegó y me expliqué para qué la gente estaba toda en la parada sin buscar un sitio mejor para repararse de la lluvia: estaban haciendo la cola. Viendo que nos estábamos acercando al autobús, empezaron a protestar que ellos llevaban quince minutos esperando. Perdona, nosotros media hora. Pero la cola era ahí. Al final todos los escoceses mojadísimos entraron, muy muy lentamente, en el autobús, cabreados por la situación. Mi amiga Annalisa también estaba cabreada porque todo el mundo sabía que estábamos esperando desde hace más tiempo que ellos porque el arco donde nos reparamos estaba a 2 metros de la parada. El último escocés tuvo que empujar un poco para poder entrar, pero nosotros ni lo intentamos, ya que con el cochecito habría sido una batalla perdida. Por suerte, el autobús ni había arrancado que detrás apareció otro, así que no esperamos que 30 segundos más y viajamos más cómodos y anchos.

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En el arco bajo el cual nos reparamos de la lluvia, alguien había colgado un cartel sin firmar.

No había acabado la pequeña aventura del autobús, ya que a una parada de nuestro destino, un señor en kilt y en silla de rueda, desde la carretera, empezó a protestar mucho con el conductor, pegándole voces. No entendí casi nada ya que la conversación iba en escocés, pero por lo visto el tío se quejaba de que había cochecitos en el autobús y que no podía entrar él. Tuvimos que bajar pero solamente por nuestra cortesía. El tío nos agradeció el gesto, pero vamos, fue muy prepotente. Entramos por fin en el National Museum Scotland

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El National Museum Scotland es un curioso museo del mundo natural, culturas del planeta, arte, ciencias, tecnologías e historia escocesa, todo dentro de este magnífico edificio.

Esta vez entré con ganas porque estaba empezando a llover y además el museo parecía muy interesante. La entrada era gratuita, otra ventaja más! El museo estaba lleno de cositas interesantes, algunas interactivas, así que nos tuvimos que parar para que mi hijita Chiara pudiese jugar un poco.

Lo malo es que a las 5 de la tarde el museo cerraba, no tuvimos nada más que unos 40 minutos para poderlo visitar, una lástima porque habría merecido más tiempo! Salimos que estaba diluviando y tuve como un rechazo en tener que abrigarme, ponerme el chubasquero, guardar la cámara, ponerle la burbuja anti lluvia al cochecito y meterme bajo aquella ducha. Pero, al parecer, no había otro remedio.

Fuimos hacia el centro a dar un paseo, pero mi amiga Annalisa se ofreció hacer de canguro durante una hora, proponiéndonos algo que nos llamaba la atención desde el principio: la Ruta de los Fantasmas. Se trata de entrar en un edificio y bajar hacia la Edimburgo medieval, escondida y sepulta. Prohibido – obviamente – el acceso con cochecitos. Fuimos a ver la manzana de Mary King Close, 4 calles ahora subterráneas, que constituían la ciudad auténtica de hace unos siglos. El precio es asequible (Adultos: 12,95£.  Estudiantes: 11,45£.  Niños de 10 a 15 años: 7,45£) . Disfruté de la visita, aunque el guía (incluido con la entrada) enfocaba toda la visita a historias de fantasmas, apariciones misteriosas, delitos y otras tonterías que – personalmente – no me interesaban. El tío se esforzaba de ser chistoso pero se notaba que los repetía todo el día, además mi nivel de inglés british no me permitía entenderlos todos. Más que la historia de un cuento de fantasmas y de puertas que se cierran solas (no nos pegaron sustos, sólo nos contaron historias) encontré muy interesante ver las antiguas calles de Edimburgo, iluminadas por débiles farolas, me encantó entrar en habitaciones que habían sido viviendas de mercantes y servidores, o visitar un pequeño matadero, sitios reales que hablaban más de los cuentos. Una hora muy entretenida en que pude hasta sacar un par de fotos, aunque el guía acabó con reñirme porque estaba prohibido. En la última calle, la más pintoresca, volví a sacar la cámara cuando él no me estaba viendo. Fui muy rápido aunque me vio una mujer que empezó a protestar y a querer chivarse. Al final no dijo nada pero se tomó muy en serio mi desobediencia. Ejej c’est la vie.

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Mary King Close, o sea uno de los más famosos y pintorescos callejones de la Edimburgo medieval.

Salimos que ya se estaba haciendo tarde, pasamos por una calle que me gustó mucho, Candlemaker Row y Grassmarket, muy típica aunque muy turística. Lo malo es que estaba lloviendo fuerte aún y no la disfrutamos.

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Una de las calles que más me gustaron de toda Edimburgo fueron la Candlemaker Row y Grassmarket, donde parece que el tiempo se haya parado. Una lástima la lluvia, pero habríamos vuelto el día siguiente con el sol.

Fuimos a comer en un restaurante indio, a ver si el día siguiente, el último día, la lluvia nos habría concedido una tregua.

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 De camino al restaurante indio, en un barrio que ya no era turístico.

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Edimburgo – Día 1

Mi amiga lo había planeado todo: un aparcamiento gratuito en el centro de la ciudad y luego una ruta turística. Muchísimo cachondeo ya que el aparcamiento central era en un prado entre dos colinas, parecía estar en el medio de la nada! Seguro que estamos en el centro? No se veían ni casas!!! (de hecho era el aparcamiento gratuito más cercano).

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El Hollyrood Park es una de las colinas en la mismísima ciudad de Edimburgo que te hace dudar de estar realmente en el centro de una capital europea. En Queen’s Dr y Duke’s Walk se puede dejar el coche sin problemas y está muy cerca del casco antiguo, aunque no parezca. Con un poco más de tiempo, habría sido bonito dar una vuelta por esta pequeña montaña salvaje en el centro de la ciudad

La verdad es que centro centro no era, pero estábamos mucho mejor ubicados de lo que me figuraba: después de un paseo de 10 minutos por una colina, muy agradable, llegamos al primer edificio que era un palacio que parecía un colegio público o una oficina de administración. Pues no, era nada menos que el Parlamento. Con el clima de cachondeo relativo al aparcamiento “en el centro de la ciudad”, pensaba que mi amiga se estuviese vengando y me estuviese tomando el pelo ya que el edificio en cuestión era moderno, sobrio y con paredes lisas de cemento. Vamos, un colegio público. Pero era cierto, la placa de bronzo no me podía mentir. Por suerte justo en frente, surgía un palacio mucho más bonito – y de pago – de piedra y torres, jardines y pináculos góticos: HolyRoodHouse, The Queen’s Gallery.

Nos asomamos por todas partes pero sin entrar, y luego seguimos la ruta, ya que justo ahí empezaba la milla real, the royal mile, una calle supuestamente larga un millo que desde ahí era toooooda cuesta arriba, hasta llegar al castillo. La primera parte de la cuesta es la que tiene más pendencia, pero luego no es muy dura – o igual me acostumbré rápido.

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Un hombre mayor en el royal mile esperaba así algo o alguien fuera de la tienda. No decía nada, de hecho ni se movía, pero parecía gritar algo.

Pasamos por una iglesia, la Canongate Kirk, con un pequeño cementerio desde donde se podía admirar otra colina verde (colinas verdes por todas partes? estábamos en el centro una “capital europea”?) y seguimos. Era agosto, el mes del festival de Edimburgo. Hay miles de artistas callejeros de todo tipo, casi todos concentrados en el último tramo del royal mile.

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No me pude resistir y con una pequeña intervención con photoshop, dediqué el Royal Mile a la bella Catherine Elizabeth Middleton.

La verdad es que empezar la visita de la ciudad por la calle de los artistas es una pasada: hay gente de todo tipo y suelen tener disfraces pintorescos y maquillajes muy atrevidos para llamar la atención y, la mayoría de las veces, también para balancear el nivel del espectáculo no siempre elevado. Pero está muy bien así, porque se ve que lo hacían para pasarlo bien y no para exhibirse y para pasar por auténticos crack. Había un escenario donde unos 8-10 chavales cantaban gospel, pero todos cantaban la misma melodía con la misma tonalidad. Eso es para dar la idea. Otros vestidos de robots haciendo ruidos raros con la boca, chicas con disfraz de abajas anunciaban un espectáculo por la tarde mientras que unos chinos hacían una especie de danza con máscaras de monstruos.

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Artistas callejeros del Festival de Edimburgo. No siempre los espectáculo tenían un buen nivel, pero el espíritu del Festival y las ganas de pasarlo bien sin más era presente en cada uno de los artistas!

La gente iba a pasarlo muy bien y nada más. Y si no había artista presumiendo de su talento, no había guaperas o chica guapa presumiendo de su belleza a través de un disfraz llamativo. Una diferencia entre italianos y españoles con los escoceses. Más tarde nos enteramos que había también espectáculos de pago, así que seguramente el nivel habrá sido más alto, pero en mi opinión lo bonito de todo era justo la sensación de que cualquiera hubiese podido montarse un pequeño espectáculo.

De hecho un tío vestido de un plástico azul y un gorro espacial, se puso a hacerme ruidos. Me paré y empecé a colaborar, sacando un ritmo utilizando mis mofletes por timbales, acabando por sacar los sonidos más extraños con la boca (soy padre desde hace año y medio casi y domino totalmente el arte de los “sonidos raros”). Fue muy divertido y el hombre algo sabía de música y de improvisación ya que sacamos un buen final a la vez! Había groove! Cuando acabamos, me despedí y vi que era un hombre fuerte y alto. Tenía la cara pintada de blanco pero me hice una pregunta: ¿si lo hubiese cruzado sin pintar y sin su disfraz, y por supuesto sin el contexto del festival, habría sido posible comunicar, como hicimos, con sonidos y ritmos? Habríamos sido capaces de cruzarnos, mirarnos y, sin decir nada, empezar a tocarnos la cara mutuamente? No, por supuesto. Pues, eso.

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Sin ser parte del espectáculo, un escocés de verdad está sentado llamando al móvil. Tiene una atmósfera melancólica y teatral, demasiado para no sacarle una foto.

Llegamos a la entrada del castillo donde un hormiguero te turistas se movía rápido para asomarse dentro y volver a tomar la cola (unos 45 minutos).

Yo soy un burro, lo admito. Sé perfectamente que el Castillo de Edimburgo hay que verlo “porque si”, pero a mí un sitio en que hay un océano de turistas me echa para atrás. Hacer colas para visitar cada pasillo recóndito del castillo me parece absurdo. Si lo más interesante (para mi) es imaginarme el lugar en plena edad media, me resulta casi imposible hacerlo con grupos de turistas riñendo a sus hijos indisciplinados o gritando “oye, que esto no lo hemos visto”! 16 libras cada uno, es decir 48 libras (70 euros más o menos) entre tres (habríamos tenido que invitar a la anfitriona que nunca habría entrado aquel día si no fuera por nosotros) me dio la excusa para pronunciar sin mucha timidez mi opinión. Por suerte, tanto mi novia Sonia como mi amiga Annalisa, estaban más que de acuerdo conmigo.

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Justo antes de la entrada del Castillo de Edimburgo, los gaiteros escoceses 110% gastan sus pulmones para que los turistas se saquen fotos con ellos. En este caso, un fuertote entretiene a mi hija mientras que Sonia intenta convencerla de que si que hay gayumbos por debajo del kilt.

Pasamos del castillo, prometiéndonos de entrar por lo menos en él de Stirling, probablemente la misma pasta, pero con mejor fama. Bajamos y pasamos por la Scottish National Gallery y la Royal Scottish Accademy, para luego meternos en un bulevar de la acera ancha y repleto de gente. El sitio en que yacen la National Gallery y la Scottish Accademy parece el antiguo cauce de un río, ya que están ubicados justo en un pequeño valle entre dos colinas. Más para adelante también la sensación se confirma, ya que hay puentes que sobrepasan jardines, un poco como los jardines del Turia en Valencia. La diferencia es que en Edimburgo pasa la vía de los trenes y hay hasta una estación ahí! La duda se queda: antiguamente pasaba un río por ahí? Lo busqué en google después de haber regresado y parece que no..

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Vista de la ciudad y de lo que me parecía un antiguo cauce.

Ya era la hora de comer y empezamos a buscar algo que no fuese demasiado caro ni demasiado malo. Al final, guiados por mi amiga, acabamos en un pret-a-manger, una cadena de bocadillos y comida rápida con pinta de tienda cara y a la moda. Todos los bocatas eran del día (vamos, que en un Mc Donald los bocatas no sólo son del día sino que te los hacen en el momento, y el mac no es precisamente sinónimo de calidad). (Véase Comer en Escocia – aún por publicar).

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Un callejón al lado del sitio donde comimos. Parece un suburbio urbano pero la verdad es que Edimburgo es una ciudad muy tranquila y este barrio era céntrico y muy seguro.

Paseamos un poco por el bulevar, el Princes Street, algo totalmente prescindible ya que si quiero ver tiendas (y yo nunca quiero ver tiendas) no hace falta subirse a un avión. Lo que más me impactaron fueron las chicas: no digo que sean ni guapas ni feas (aunque más bien pertenecen a la segunda categoría) pero la forma de vestir de la mayoría de las muchachas escocesas es de choni nivel profesional. Tan horteras que resultan hasta pintorescas. Gorditas con leggins extremadamente estrechos y transparentes (la anatomía vaginal ya no tiene secretos para mí) o niñas de 12 años con camisetas tan cortas que enseñaban la barriga hasta el esternón. Sin hablar de las punkis, las góticas, y otras categoría de personas cuya personalidad se identifica con una forma precisa de vestir y de presentarse.

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Uno de los personajes de Edimburgo.

Llegamos hasta una colina, el Calton Hill, desde donde se podía apreciar un bonito panorama de Edimburgo y el mar. Se trataba de un parque y me asusté un poco al principio porque la cuesta empiezaba con unos escalones. No es lo mejor subirse a una colina con escalones si tienes un bebé en el cochecito. Pero se trataba de una falsa alarma, no encontramos más escalones, solamente cuestas. El camino rodeaba la colina en su lado norte, así que desde ahí se podía admirar la parte nueva de la ciudad, (que nueva no era) y el mar. Arriba había un buen parque donde la gente estaba sacando fotos a un monumento con columnas neoclásicas, el monumento a Nelson . Un montón de gente, la verdad, con los típicos italianos saltando todos la vez para sacar la foto más diver del viaje. Había también una cafetería y un museo un poco raro, gratuito (faltaría más) donde habían puesto en una habitación un montón de instrumentos musicales y poster de un grupo totalmente desconocido de los 70. Una pantalla pasaba imágenes de un concierto de punk-rock y un hombre (de verdad) estaba ahí con la mirada fija en la pantalla. Lo más curioso es que se parecía un montón al roquero del concierto. Me paré varios minutos para observarlo y más lo miraba, más aumentaba la semejanza. Además nadie más habría fijado durante mucho tiempo una pantalla de un concierto de los 70 sin audio. Pero bueno, tampoco era muy importante.

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Desde la Calton Hill se puede admirar la ciudad nueva y el mar. Un tllevó su mesa y se puso a hacer sus deberes. Sin duda un escenario que inspira más que él que puedo ver desde mi cuarto.

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Otra vista del Calton Hill

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La pequeña cuesta merece la pena y es suficiente subir un poco para poder admirar un buen panorama desde el lado norte de la colina.

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El monumento a Nelson domina la colia y los prados a su alrededor son un sitio perfecto para descansar un poco, hasta para tumbarse y echarse una pequeña siesta.

Salimos y empezamos a volver hacia el coche, que estaba en la otra punta de la ciudad! Cruzamos otra vez el cauce postizo con un puente, nos paramos en un par de tiendas de suvenir y llegamos al coche tardando menos de lo que había estimado.

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Otra imagen del Hollyrood Park. Es como si se hubiesen traído los highlands al centro de Edimburgo! Ideal para aparcar el coche!

Habíamos sacado un mes antes, un groupon de un restaurante pub que tenía fama. La oferta era muy buena (un 70% menos) y comimos bien y hasta reventar (además el groupon era para 4 personas y sólo éramos tres ya que el novio de mi amiga se había tenido que ir a Francia unos días). MÁS COMIDA!

Acabamos muy cansados y contentos de poder dormir en una buena cama.

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Edimburgo – Día 0

No voy a contar la historia de Edimburgo o comentar acerca de los monumentos imprescindibles de la ciudad, más que nada porque la web está repleta de esta clase de material y estoy seguro que alguien mucho más preparado que yo os pueda facilitar estas informaciones.

Simplemente os cuento mi experiencia y mis sensaciones.

Otra cosa: la ruta en Edimburgo no la elegí yo, la organizó una amiga mía. Dicho esto, empezamos!

Tuvimos que desaprovechar un vuelo muy barato y cómodo hasta Edimburgo porque el horario no era cómodo para mi hijita (un año y pico). Una lástima, porque en agosto, un vuelo por 20 euros es un chollo! La hora no era imposible, si no recuerdo mal era a las 7 y algo de la mañana. Claro que habríamos tenido que despertarnos a las 4 por lo menos. Yo tenía la tentación pero mi novia lo tuvo claro: un rotundo “no”. Y ¡sea!, encontramos un vuelo desde Barcelona a Prestwick, un aeropuerto en la costa oeste de Escocia al sur de Glasgow. El horario era muy cómodo y el precio muy asequible por ser agosto: 361 euros. El precio incluye ida y vuelta para dos más el bebé, una maleta (facturamos una ya) y el cochecito. Además ahora ryanair consiente llevarse, además del equipaje de mano, una mochila más. Un buen precio, por ser agosto. Lo malo es que Perstwick está a 2 horas de Edimburgo, pero bueno…

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Llegando a Escocia, lo que se ve es verde, verde y verde. Y nubes, nubes y nubes..

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La primera escocesa que vi en Escocia. Merecía una foto.

Nos recogió mi amiga con el coche, el viaje fue entretenido porque, además de charlar, tuve mi primer contacto con la conducción al revés: un buen mareo, sobre todo viendo cómo entrábamos en las rotondas. Me habría acostumbrado? Habría sido capaz de conducir yo? A saber.. Pasamos por Glasgow pero sin pararnos. Me quedé con la curiosidad.

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Justo saliendo de Glasgow hacia Edimburgo, una furgoneta típicamente escocés salió del autovía. Lo más típico siempre se presenta a primera hora, hay que estar pendientes y con la cámara lista!

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Mis compañeras de viaje! El viaje es largo (tampoco mucho) y la autovía no ofrece un panorama espectacular, así que Chiara antes y después también Sonia, aprovecharon para echarse una cabezadita y ahorrar energías.

La casa de mi amiga estaba en las afueras, en un buen barrio residencial, pegado a una zona llamada Portobello. La casa era amplia, con moqueta por todas partes excepto en la cocina y en el cuarto de baño. Ella no quería moqueta, pero ahí no hay otra opción! De hecho hay casas que la llevan hasta en el cuarto de baño. Personalmente me parece una guarrería ya que la moqueta no se limpia bien y lo adsorbe todo. Y como biólogo, os aseguro que la moqueta con la humedad del cuarto de baño es algo que me pone la piel de gallina. Habéis observado la cantidad de polvo que se forma por debajo de vuestra cama o del sofá? Pues, no es polvo, sino piel muerta y guarrerías varias. Nuestros tejidos siguen renovándose y muriéndose, constantemente. Hasta cuando entramos en el cuarto de baño. Y los que mueren ahí, ahí se quedan! Si además le pones mucha humedad como la que hay en un cuarto de baño, vas a tener el mejor ambiente para que se desarrollen hongos. Lo puedes limpiar con jabones, con alcohol, pero si no le echas lejía, no vas a matar a los hongos. Es decir, aunque limpies, sigue guarro! Otra cosa del cuarto de baño escocés es algo que ya sabía pero que me sigue impactando: el lavabo tiene dos grifos independientes, uno con agua fría y el otro con agua caliente. No le encuentro explicación ya que supuestamente la instalación de dos grifos resulta más cara. La incomodidad es evidente: el grifo de agua caliente es prácticamente inutilizable ya que el agua sale casi hirviendo y si no mueves las manos constantemente al grifo de agua fría, acabarás con una ustión. Ni comento la falta de bidet ya que italianos y españoles son de los pocos que los tienen (somos nosotros los raritos, en este caso).

En fin, el resto de la casa era una pasada, un salón enorme con chimenea y unas ventanas que dejaban entrar mucha luz, muchas flores fuera y un ambiente muy acogedor. No nos habría dado tiempo ir hasta el centro, así que aprovechamos y dimos un paseo por el barrio, pasando por el Figgate Pond,  un parque muy bien cuidado con tanto de lago, cisnes, pasarelas de madera, tranquilidad y muchas aves.

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El Figgate Pond es un pequeño parque cerca del barrio Portobello, muy cerca del casco antiguo de Edimburgo. Es una oasis de paz, como sugieren las fotos y es muy agradable darse un paseo por las pasarelas del lago. Me sorprendió la ausencia de gente, pero luego me di cuenta de que Edimburgo está llena de sitios como éste.

Montamos otra vez en el coche y fuimos a ver otro jardín, pero estaban celebrando una fiesta y no nos dejaron entrar. Así que, para no desperdiciar el tiempo, nos tomamos una pinta en un pub cercano. La cerveza me gustó, además el ambiente del pub era muy típico, parecía el salón de una casa antigua, con sus muebles y sus sillones. Y sus peculiares clientes!

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La típica atmósfera de un pub UK, todo amueblado para que te sientas como en casa, con tu sillón, tu amigo, un poco de música y toda la cerveza que quieras!

Cenamos pasta en casa con una salsa de chorizos de tofu que nunca en mi vida me habría atrevido a comer. En fin, carne vegetariana, ya que la anfitriona era vegetariana. Habrá sido el hambre o la expectativa muy baja, pero me gustó la cena!

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Yellowstone National Park, Wyoming (tercera parte)

Vale, voy a concluir el cuento de Yellowstone y lo hago a lo grande, hablando de una de los lugares más espectaculares que haya visto en toda mi vida: el Mammoth Hot Springs!

Llegamos después de un tramo en coche en él que nos llovió , pero al aparcar, dejó de llover. Todavía había nubes violetas cargadas de lluvia, gordas y amenazadoras, pero unos rayos de sol ya se estaban abriendo camino. Una luz perfecta que habría vuelto pintoresco hasta un descampado de un barrio de periferia. Bueno, quizás no tanto, pero tuvimos muchísima suerte con el tiempo y yo con la luz para mis fotos! Hot Spring significa en inglés algo como agua caliente subterránea que sube hasta la superficie, pero no estoy muy seguro de la definición correcta. No tiene nada que ver con una primavera caliente, de eso no me cabe duda! El agua que llega a la superficie roza los 80 grados y echa humos.. y si hay terrazas naturales que parecen piscinas que están literalmente hirviendo, eso no es nada porque ahí viven algas y bacterias pigmentadas que hacen que los laguitos sean rojos, amarillos, azules, verdes o vete-tú-a-saber..

Además los flujos térmicos por un lado llevan ahí miles de años, pero por el otro varían mucho a nivel microgeográfico por los terremotos. Y si desde ahí se puede apreciar la terraza de carbonato de calcio más extensa del mundo, es cierto que también se desplaza y deja muerte y destrucción. Ahí si que no viven los bichos de colorines. Los animales se desplazan, pero las plantas no. Así que la terraza más famosa, la Minerva Terrace, tras unos terremotos, se movió un poco. Un paisaje lunar. O mejor incluso, “marciano”!

Os dejo con unas cuantas fotos, recordando que no he alterado los colores. En mi personalísima opinión, el Mammoth Hot Springs merece él solo un viaje a Estados Unidos. Y los que piensan que EEUU es sólo NYC o grandes ciudades, están muy equivocados!

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Por la mañana el cielo soleado daba un aspecto más perezoso a los bisontes

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Lo siento, un montón fotos todas del mismo sitio, pero por muchas que sean, nunca serán suficientes para describir la espectacularidad del sitio! Mammoth Hot Springs

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En la vuelta nos paramos en uno de los centros urbanos más grandes de Wyoming, Thermophilis, un pueblo de 3000 y pico habitantes. La foto os enseña la avenida principal.

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Los viajes en coche siempre ofrecen panoramas interesantes: este lago tenía el litoral literalmente amarillo. No nos pudimos parar, 12 horas seguidas de coche para llegar a una hora razonable a Denver no permiten paradas sino las fisiológicas.

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Las carreteras de Wyoming son último recuerdo de un estado vacío con un tesoro escondido en su extremidad norte. Por cierto, cientos de kilómetros de carretera vacía con horizontes despejados y al lado de la carretera siempre vallas o recintos. Con nada. Solo alambres. EEUU es el paraíso de la propiedad privada! Pero dudo que esos trozos de tierra sean de alguien, quizás simplemente del gobierno y por eso, hasta que nadie los quiera o sean útiles, se los queda.
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Video!

Os dejo con el video del viaje!

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Paris: tercer día

Así que llegamos al último día. Cogimos el metro y llegamos hasta el Arc de Triomphe.

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La parte “chic” de Paris con sus tiendas y su glamur, empieza por el Arc de Triomphe. si está en vuestros planes de Paris, aconsejo que lleguéis al arco en metro y os dirijáis hacia la Place de la Concorde andando porque es cuesta abajo.

No es nada más que una grande rotonda con un arco en el medio, pero es todo muy grande! De ahí bajamos (si, cuesta abajo, un acierto!!) la avenida Champs Elysées (campos Eliseos) donde es un sinparar de tiendas de lujo con cochazos aparcados, escaparates con pendientes de 30 mil euros y un montón de turistas (nosotros incluidos) mirando este planeta diferente al que nunca haremos parte. De hecho no me imagino un vip aparcando en doble fila justo delante de una de esas tiendas, abriéndose el camino en el follón de turistas y saliendo del salón con un Maserati nuevo. Pero vamos, que con los precios que tenían ahí, con un par de clientes semanales se forran! La avenida es larga y se nos hizo la hora de comer de nuestra hija, así que tuvimos que aventurarnos en uno de esos bares de diseño para que nos calentaran el potito. Elegimos uno rosa que tenía más pinta de club nocturno (de los elegantes) con los camareros guapos y finos y los precios que confirmaban que era un lugar para gente con pasta. El barman negro no dejaba de preparar cócteles aunque eran las 12 del medio día y la gente se estaba tomando un café o un sandwich mixto. Se llevó el potito de nuestra hija (una asquerosidad de espinacas y no-quiero-saber-qué-más comprada en el Carrefour cerca del hotel) y nos lo devolvió a una temperatura perfecta. El problema es que mi hija no quiso saber de comérselo y montó un medio pollo que me hizo pasar un poco de vergüenza.. no estoy acostumbrado a que llore y menos aún en un sitio tan aristocrático como aquel. No pasó nada, los camareros ni nos miraron mal (todavía tenían que cobrar) pero malgastamos el dinero de un café y una cocacola verdaderamente caros! Salimos que se estaba acercando la hora de comer y eso habría implicado más gastos. No había bares normales ahí, pero por suerte en una placita había una furgoneta con un tío que hacía crepes dulces y saladas. (Véase apartado “Comida”) 5 euros por crepe, pero con un par de ellas me quedé a gusto y listo para seguir! Siguiendo la avenida, al lado derecho hay un par de palacios-museos dignos de nota: el “pequeño” y el “grande”. No tuvimos tiempo de entrar en las exposiciones, aunque parecían muy interesantes.

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Dos robocop transalpinos patrullan la avenida de Champs Elysées bajo la mirada sorprendida de una mujer. La verdad es que iban armados como militares.
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Un empleado en una de las tiendas más exclusivas de Paris, esperando clientes.
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Soy italiano y esos precios me recuerdan cuando en Italia teníamos la lira. Habrían sido precios razonables. Se dice que el tiempo es dinero pero los de Rolex se han pasado!

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Una esposa asiática baila entre las margaritas de Champs Elysées para sacarse fotos recuerdo. Un fondo normal, pero un lugar emblemático.

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La misma novia, con colores.

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A las 12 del mediodía este elegantísimo barman no dejaba de sheckear cócteles aunque los clientes seguían pidiendo una cocacola o un café. La parada en este bar fue obligatoria pero si queréis vivir el glamour parisino, os advierto que no os saldrá muy barato. Yo pedí un café y fue uno de los más caros de mi vida. (4 euros)

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El palacio pequeño, ubicado en frente del grande, es uno de las decenas de museos que ofrece la ciudad

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Otra foto del palacio pequeño (Petit Palais)

Llegamos así a la Place de la Concorde, la más grande de Paris, segunda en toda Francia. La verdad es que su interés está en el tamaño y en la magnificencia ya que al final y al cabo es una inmensa rotonda.

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Place de la Concorde. Un excéntrico al semáforo, con tanto de gorra y bufanda. Vive la France!

A pocos metros visitamos la Iglesia de la Madeleine donde se estaba celebrando una función que tenía pinta de ortodoxa y la Opera.

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La iglesia de la Madeleine, justo al lado de la Plaza de la Concordia.

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Una joven mujer descansa leyendo un libro sentada en los escalones de la Iglesia de la Madeleine

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La Opera tiene una fachada principal pero también una lateral (en la foto) digna de ser vista. La foto es una panorámica ya que el edificio tiene un tamaño considerable.
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Una de las estatuas de la fachada principal del palacio de la Opera.

Seguimos hacia el río metiéndonos por los jardines, cuya nota interesante es que están en línea con el obelisco de Place de la Concorde y el Arc de Triomphe, que hallándose en una colina, se ven claramente alineados. Por el otro lado, los palacios del Louvre. Siempre por ahí pasamos por el Musee d’Orsay, cerrado. El palacio es curioso porque se trata de una antigua estación de estilo liberty y alberga una pinacoteca impresionante con la mayor colección de obras impresionistas del mundo. Vamos, que aunque tengáis mala suerte y os llueva, siempre habrá museos impresionantemente interesantes por visitar en Paris. Yo entré en 1989, esta vez no tuvimos tiempo (además pasamos el lunes, día del cierre)

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El edificio del Museo d’Orsay era una antigua estación de trenes, muy pintoresca por cierto. En su interior alberga la mayor colección de obras impresionistas del mundo
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El edificio es vigilado por estatuas negras que escrutan alrededor.

Visitamos el Pantheon, los Jardines de Luxemburgo y acabamos viendo Los Inválidos y la Escuela Militar. O sea, el último día andamos mucho, exprimiendo cada gota de nuestro tiempo para verlo todo.

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La fachada del palacio del Panteón,  en el Barrio Latino, donde se hallan las tumbas de personajes ilustres como Rosseau, Hugo, Zola o Marie curie. La entrada no es gratuita.

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El Jardín de Tuileres es uno de los jardines más extensos del centro. Aún así, hay mucha gente, se ve que los parisinos lo viven literalmente. Pasean, leen libros o se echan una cabezadita en el césped

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Era un día de calor

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Palomas y estatuas en el Jardín de Tuileres

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Los Jardines de Luxemburgo. Los parisinos los utilizan también para correr, ya que hay un sendero tranquilo que rodea el parque sin tener que salir a la calle

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Mayo es buena época para visitar los jardines, había flores por todas partes. Jardín de Tuileres

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Una fuente con su laguito en los Jardines de Luxemburgo

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Jardín de Tuileres

Acabamos el día bajando en el paseo del río Sena, entre barcos amarrados y pocos parisinos sacando al perro. No es un itinerario que suelen hacer los turistas, evidentemente, pero es muy agradable porque se respira tranquilidad y paz en pleno centro de Paris. Nos vino bien para relajarnos un poco.

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El litoral del río Sena por arriba y por abajo.
Si por arriba está lleno de puestos de artistas y tiendas de postales, libros antiguos y posters de películas francesas, por abajo se esconde un paseo tranquilo y silencioso que recorre todo el centro histórico

 

Ahora tendría que escribir una conclusión pero me parece patético dar un juicio a una ciudad como Paris. Estamos hablando de una de las ciudades más visitadas, bonitas, etc., del mundo y es evidente que si tuviera que expresar una opinión personal sería más que positiva! No es precisamente barata pero hay soluciones para todos los bolsillos. No hay zonas de interés que sean peligrosas pero, como siempre, hay que tener cuidado con los carteristas.

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Paris es una ciudad que refleja glamour en cada rincón de la ciudad
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