Ruta Marrakech – Aïd ben Addou – Desierto Merzouga – primera parte

Esta es la ruta que hicimos la primera vez que fuimos a Marruecos. No teníamos mucho tiempo pero quizás demasiado para quedarnos sólo en Marrakech, así decidí alquilar un coche y llegar hasta el desierto.. Me informé mucho acerca de las carreteras y de eventuales sitios peligrosos. No hay problemas en absoluto. Embajadas y consulados confirman. Libertad total, así que: en marcha!!!

Teníamos 3 días y medio, así que nos tuvimos que poner de acuerdo: mi madre decía que era un palizón llegar hasta el desierto, además no hay autopistas y por la noche es muy desaconsejable conducir ya que hay hombres vestidos de negro, burros y niños y muy pocas farolas. De hecho, carreteras sin luces, así que… cierto que era un buen tramo, además hay que cruzar el Atlas. Decía que no tenía sentido tirarse casi todo el día en el coche, pero yo sabía que merecía la pena porque el viaje en si habría tenido que ser espectacular.

Gané yo y fue una suerte! Todavía en Valencia, intenté alquilar un coche por internet pero los precios eran caros y en los blogs aconsejaban alquilar en el aeropuerto directamente. Así que al llegar, antes de ir a Marrakech, alquilamos uno. Nos acercamos a un cartel de hertz o parecidos y el tío que trabajaba ahí nos dijo que ya había cerrado y nos presentó a otro chaval que era de una compañía marroquí. Afrique o algo así. 30 euros diarios un coche básico. Tuvimos un problema porque mi tarjeta era de débito y no de crédito, pero al final se solucionó. Dos días después, a las nueve de la mañana, llegó puntual a la cita en el Club Mediterranee, cerca de la plaza. Así nos ahorramos el tener que ir al aeropuerto. El coche por valer 30 euros está bien, tiene un cristal un poco roto pero no pasa nada, dice que lleva roto tiempo y si se rompe no es nuestra responsabilidad. Dice que si queremos, vamos al taller y nos cambian de coche pero ya es tarde, nos queda un largo camino, así que no pasa nada, shukran y nos vemos en 3 días!

El primer impacto con las carreteras urbanas de Marrakech es como un ritual de iniciación para llegar a ser hombre de verdad. El coche estaba en una rotonda, aparcado. Una confusión de coches, autobuses, caballos y burros, bicicletas que transportan jaulas de animales, muchas scooter y hasta gente corriendo. Se intercruzan mutuamente, así que de dejarte pasar nada. Hay que tomar la iniciativa y cruzar sus caminos muy despacito y pitando cada dos por tres. Es divertido, es como si los demás fueran agua.. escurren por todas partes, rozándote constantemente pero nunca tocándote. Te devuelven la pitada por cortesía y un par de veces he estado convencido de haberme cargado a una vieja en bicicleta (es que no se paran, es un poco como en la película del 1978 “The Driver”), pero la gente va muy despacio (más que nada porque los medio no dan por más). El bautizo es breve y me siento cómodo pitando, cruzando calles que parecen incruzables, haciendo que los demás conductores me respeten. La matrícula árabe y el estilo de conducir anárquico me otorgan una media pinta de árabe albino. O es lo que quiero creer. Llenamos el depósito en la primera gasolinera y nos dirigimos hacia el Atlas, pasando por la periferia de Marrakech, muy impactante por cierto. Edificios rotos de cemento pintados de rojo, mucha pobreza y todo el mundo en la calle. Empezamos a subir por las cuestas del Atlas, adentrándonos en un paisaje diferente, montuoso y espectacular. Si te paras en el medio de la nada para sacar una foto, sale de la mismísima nada un hombre para venderte piedras preciosas. Si, aquella parte tuvo que ser rica de minerales brillantes, las típicas piedras anónimas partidas por la mitad y contenientes cristales brillantes de colorines. La verdad es que durante todo el viaje pudimos disfrutar de paisajes espectaculares y muy variados: montañas con bosques, con rocas, hasta montañas negras, negro-verdes y luego rojas. Pensé que el Grand Canyon de Colorado tenía que ser parecido y ahora que lo he visto, los paisajes que vimos no tenían nada que envidiar con el Grand Canyon u otros parques nacionales americanos, que en sí merecen sólo ellos una visita a Estados Unidos.

Nos paramos a comer en un restaurante de la carretera, cuando estábamos casi terminando de bajar de la cadena montuosa del Atlas. Nos sirvieron dos chavales que no sabían hablar español ni inglés, así que comunicamos a gestos pero al final acabamos tocando juntos música bereber! Tenían percusiones y un banjo así que les pedí a gestos si podía tocar un poco y ellos me siguieron! Comimos muy bien, si no recuerdo mal una tortilla, una montaña de aceitunas y creo que unas albóndigas en salsa también con huevo. Habríamos podido dormir ahí volviendo, pero al final no pudo ser. Seguimos metiéndonos por pueblos increíbles hechos por barro y piedras, hasta llegar al desvío para Aït Ben Addou. Mi madre no estaba convencida.. teníamos poco tiempo y un desvío habría retrasado nuestro programa. No pasa nada, otra vez más mi espíritu democrático se quedó calladito y di la vuelta. Aït Ben Addou, Patrimonio de la Humanidad, es uno de los sitios más espectaculares que haya visto jamás. Es un pueblo en el medio de un cañón muy amplio, hecho enteramente por barro. Lleva no sé cuántos siglos, las casas aguantan unos diez años aproximadamente, luego vuelen a construirlas. Ahora sigue viviendo un grupo de familias. No hay carreteras, la carretera se para con un río seco, ahí aparcas, te das un paseo y entras en este pueblo que no tiene casi calles.. vas dentro de los edificios y sales. Hay que pagar a un guía, pero el guía se limita a cobrarte un euro y a pasear contigo porque la verdad es que no es que no hace mucho más. Es gente muy triste, y si veo cómo se desarrolla su día a día, lo entiendo. Es un sitio espectacular pero vivir ahí tiene que ser muy aburrido. No tienen ni electricidad. El guía, tras un largo silencio, nos dice que en una placita rodaron parte de la película El Gladiador. Vamos a ver, es lo último que me interesa!! Pero él está orgulloso y hasta saca de su espléndido vestido azul, una foto en mal estado de una escena de la película. Creo que también me indicó la descampada en que alojaba la caravana de Russell Crowe. ¿Es esto lo que buscan los turistas? Espero que no.. de todas formas nos invitan a una de las pocas tiendas que había por ahí. No compré nada, demostré mi pobreza al hombre quitándome los zapatos (calcetines rotos, un clásico mío) pero le saqué un par de fotos. Dije que tenía rotuladores en el maletero del coche, así que bajamos con el guía y se los di. Él al primer niño que pasó por ahí, se los entregó. No fue feo el gesto. No pensé que se lo acababa de regalar yo a él, pensé que quizás en aquella sociedad tan pequeña y sin nada, el concepto de posesión no es el mismo que tenemos nosotros. Hay más comunismo y el concepto de mío y tuyo no es tan definido. ¿para qué?

Seguimos nuestro camino, otra vez por la misma carretera, hasta llegar a Ouarzazate, una pequeña ciudad que creo que no tenga nada que ofrecer sino un cruce. Se puede ir por el norte o por el sur, hacia el desierto. La ruta del norte tiene más pueblos mientras que la del sur es más vacía. Optamos por la del norte y luego la vuelta habríamos elegido la del sur.

Tiramos lo más lejos posible, pero las curvas, la oscuridad y un número asombrosamente alto de pueblecillos con gente vestida de negro que cruzaba la carretera nacional como si no existieran coches, nos obligó a parar. O sea, a seguir hasta el primer hotel de la carretera, o sea una hora y pico más tarde. El hotel era muy grande, con piscina faraónica, columnas y fuentes. Mucha apariencia, pero los muros de las habitaciones estaban hechas por barro y paja. Olían mal, a caca. Tal vez barro, paja y caca. Bajamos a cenar y en la barra nos espera un chavalín de unos 16 años en camisa blanca, tieso, erguido y muy nervioso por servir dos extranjeros como nosotros. Me habla en francés, pero le digo que no hay forma, no entiendo ni papa.. le entra un poco el pánico, porque el menú tiene letras árabes. No pasa nada, si es comida, me vale! Le hago el gesto de ponerme la mano en la boca “COMIDA” y el dice que si.. perfecto… le digo TAJINE y él dice que sí. Excelente. Ahora hay que decirle que de verduras, pero no nos entendemos, así que empiezo imitando el sonido de los animales… coo… coo… mmmmhh… bee-e-e-e-e.. el tío se descojona porque no se esperaba esta solución y también porque nos estábamos entendiendo! Trebien! No me acuerdo al final qué comimos, pero comimos lo que habíamos pedido!

El día siguiente seguimos, dirección Rissani – Merzouga.

En Tinghir hay otro desvío, pongo el intermitente y giro a la izquierda, hacia las montañas. Hay como un barranco y una catarata a unos kilómetros, lo había leído y tenía curiosidad. El sitio es bonito, pero no nos paramos mucho rato porque querría llegar al desierto el en mismo día. Antes de llegar al barranco, impresionante, había un tío que te nos cobró el peaje – un euro. A la vuelta nos pidió que lo llevaramos a Tinghir en coche, así se ahorraba el paseo. Por todas las carreteras hay gente que anda o que está parada. En algunos sitios se trata de erg, o sea de desiertos de piedras. No hay nada. No hay pueblos durante 80 km, no hay otras carreteras. ¿Adónde va la gente? Una pregunta que se quedó tal. Bueno, el tío no tenía la cara simpática pero igual yo tampoco la tengo, así que.. anda sube, que voy por ahí.. El tío, al llegar al pueblo, me agradeció mucho el gesto y me dijo que tenía una deuda conmigo y que me invitaba a su casa para tomar un té. Yo no sabía si aceptar o no pero pensé que tenía referencias, o sea que trabajaba para el ayuntamiento o lo que fuera ahí por el barranco para cobrar el peaje. Suficiente. La carretera pasa por el pueblo, que pero se extiende también en ancho. Ahí no hay asfalto ni cemento, solo barro y adobe. Nos metimos por una calle de barro, levantando una nube de polvo por detrás. Aparcamos en el medio de una calle – nono, no pasa nada – y subimos a la casa de este tío cuyo nombre se me ha olvidado.. Eso sí que es auténtico!! La casa es muy grande, acogedora aunque priva de adornos.. sólo alfombras por todas partes. Eso sí, el baño estaba asqueroso y no había agua corriente. El tío vendía alfombras a las ciudades, y lo decía mientras que su hermana estaba trabajando una alfombra al lado. Nos tomamos un té sentados en el suelo, mi madre y la hermana por un lado y nosotros por el otro. Pocos diálogos, ya que su español es malo y la hermana sólo habla árabe. No pasa nada, él invita a mi madre a trabajar un poco la lana y luego hacer una alfombra… así pasan 20 minutos y yo saco fotos como si granizara. Lástima que en aquel entonces tenía una cámara muy mala y menos técnica de fotografía de la que tengo ahora, pero bueno, la experiencia fue muy bonita! Le dije que íbamos al desierto y que no sabíamos dónde dormir, que habríamos buscado ahí. El tío dijo que tenía un amigo que organizaba esas cosas, así que llamó y acordamos el precio. El amigo nos habría esperado en un cruce a 5 km del final de la carretera del desierto. Nos ofreció una ruta en camello, cena bereber y noche en una jaima en el medio del desierto, con desayuno. Unos 30 euros por cabeza, creo. De los 60 totales, dejamos 20 al tío del alfombra y habríamos pagado 40 al otro. ¿Nos fiamos? Pues, ¡Claro!

Al final el tío hizo el negocio… hasta su casa en coche y 20 euros! Pero nosotros también! Experiencia, visita a una casa, trabajado la lana y una alfombra, sacado fotos, tomado té y solucionada la incógnita de la noche en el desierto. Nos despedimos, se me olvidó darle los 20 euros pero él, muy serio, me lo recordó con un gesto inequivocable. Vale.

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El Atlas es espectacular, hay también montañas negras, los círculos podrían ser un paraíso inesperado para los geófilos

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La carretera tiene paisajes muy variados, se pasa de las montañas a los bosques, del desierto al verde. Es un viaje que no aburre nunca

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Mi madre y la hermana del tío que nos abrió las puertas de su casa, haciendo una alfombra. Una alfombra mediana de estilo bereber requiere muchas semanas de trabajo

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Un aparcamiento para camellos por el desvío a Aïd ben Addou.

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Hasta en el barranco hay alguien que vende. En este caso tuaregs de colores. Hay que decir que no molestan ya que el impacto cromático es muy pintoresco

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Recorriendo el oasis, vimos muchos pueblos de barro como este de la foto. No hay carreteras asfaltadas para alcanzarlo, un factor bastante común en esta zona de Marruecos

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Una explicación en árabe bastante efectiva, porque mi madre supo dar su contribución a la realización de esta alfombra bereber

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Bajo el sol, la subida se puede hacer dura, sobre todo si el cansancio acumulado te sugiere que no hace falta ir a la cima. Pero no hay que escucharle porque la vista es preciosa. Se aprecian peregrinos caminando en el único acceso al pueblo: el río

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La verdad es que no me esperaba colores tan insólitos. La carretera nacional nunca deja de sorprender. Con un poco más de días a disposición, habría sido bonito hacer un poco de senderismo

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Es el atardecer, las montañas se tiñen de rojo en un desierto de piedras y rocas

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La variedad de desiertos que encontramos es considerable. Cientos de kilómetros de espacios vacíos y una carretera que tímidamente lo traspasa

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De vez en cuando, unos pueblecillos rompen la monotonía del desierto. No son todos bonitos o pintorescos, algunos son simplemente pueblos de la carretera

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La entrada de Aïd ben Addou, patrimonio de la humanidad

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Otra vista desde la cima del pueblo. Aquí entendí el por qué de la bandera Marroquí y creo que no se me habría ocurrido una idea mejor para representar este país

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Un país sin carreteras, sólo hecho con barro y adobe. Todavía viven unas cuantas familias, aunque las casas aguantan al rededor de 10 años, luego hay que reconstruirlas

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El río que generó el barranco. Pasan muchos todoterrenos y gente con pinta de explorador profesional, mientras que nosotros íbamos con un coche bastante feillo, camiseta de propaganda y pantalón corto

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A veces había personas caminando por la carretera. La pregunta ¿adónde irán? no tuvo nunca respuesta. Es que no había nada en 100 km

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Otra imagen de Aïd ben Addou y sus edificios de barro

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Las manos europeas ayudan a las africanas para la realización de una alfombra bereber en las proximidades de Tinghir

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El Atlas ofrece paisajes lunares

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Otra imagen del Atlas

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Un castillo abandonado en la carretera. A veces es más fácil construir uno nuevo que restaurar el antiguo

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Uno grupo de persona que cruza el río seco para llegar a Aïd ben Addou

 

 

 

 

 

 

 

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