Marrakech, Essaouira, Safi

El primer viaje a Marruecos me gustó tanto que quise repetir: siempre eligiendo Marrakech como base, esta vez en lugar que hacia el este y al desierto, quise explorar qué hay hacia el oeste y el océano. Sólo dos noches fuera, así que tuve que elegir una ruta breve:

Salimos de Marrakech con un coche alquilado por unos treinta euros; de ahí a Essaouira tardamos unas dos horas y media, la carretera es buena y nos paramos – como siempre – a tomar un café. Esté donde esté, el café noir te sale caro.

Con respecto al otro viaje, la carretera hacia el mar es bastante más rica, hasta pasamos por debajo de una autopista de peaje que conectaba Agadir a Casablanca. Los pueblos no son tan auténtico y aislados como vimos en el viaje anterior después de haber cruzado las montañas del Atlas, pero el viaje no es aburrido para nada. Llegamos a Essaouira y aparcamos en un aparcamiento de pago justo al lado de la ciudad antigua. Por un lado no me gusta pagar para aparcar el coche, por el otro me quedo tranquilo cuando se que los vigilan las 24 horas. El precio es bastante barato, además no tuvimos el tiempo de bajar las maletas que se acercó un señor que nos comentó que iba a llevarnos a un hotel. Sinceramente a mi estas cosas no me gustan nada, pero viajaba con mi madre y con mi tía que estaban de acuerdo en ver el hotel y quitarnos la búsqueda de encima en caso nos gustase. Y sea, yo llevaba muletas porque me procuré un esguince jugando al fútbol el día anterior y me vino bien que el señor me llevase mi maleta. El hotel estaba cerca, tenía pinta de caro y la recepcionista (muy guapa por cierto – véase foto) muy profesional. Un patio luminoso con muchas plantas, terrazas internas de madera, celosías y tranquilidad. Les comentamos que no queríamos molestar pero que no se preocupasen de nada, que no nos lo podíamos permitir. Nos obligaron a ver la habitación, que era un piso de dos plantas con televisión. No era lujo porque siempre hay algún detalle de indirecta decadencia en los sitios “buenos” que he visitado en Marruecos como materiales malos, muebles algo desgastados, pero: vamos!, es más de lo que estábamos buscando. Ellos nos dicen un precio, pero aunque bueno, dijimos que no podía ser. Y ¿cuánto queréis gastar? nos preguntaron. Ahora no recuerdo cuánto dijimos, pero recuerdo que nos dejaron la habitación-piso muy barata, creo que por menos de 20 euros por cabeza con un desayuno incluido típico de Marruecos en la terraza de arriba. Hice bien en escuchar mis compañeras de viaje: perdimos muy poco tiempo desde que aparcamos el coche a dejar las maletas en el hotel, precio excelente y ubicación perfecta. A explorar!!! Essaouira es muy turística pero muy bonita. Es un pequeño burgo en el océano caracterizado por casas blancas y azules. Los callejones están llenos de tiendas, la gente es agradable y reina mucha tranquilidad. Recordando el viaje anterior y la pobreza, la soledad de los paisajes y el vacío de los desiertos, me di cuenta de la importancia de tener un océano al lado: peces. O sea comida.

No voy a contar los paseos que dimos por los sitios turísticos (castillo, paseo marítimo, muralla) sólo digo que es muy bonito todo. Pero la parte más verdadera y menos turística es el puerto. Ahí por la tarde empiezan a llegar los barcos pesqueros de los marineros cansados de tanto faenar. Son barcos de madera, muy pintorescos, levigados y desgastados por el mar. La tripulación al llegar recoge el pescado, lo limpia y lo transporta manualmente a la acera del mismo paseo marítimo del puerto, donde lo apoyan en una sábana en el suelo y lo venden. Ya que saben perfectamente que un turista no compraría nunca un pescado apoyado en una acera, ni te miran ni te hablan: de hecho hay muchos compradores locales que se asoman curioseando o que regatean un buen precio para llevarse a casa algo. Todo eso bajo el incesante vociferar de las gaviotas hambrientas que quieren llevarse algo. La vista preciosa de los bastiones que paran las olas del océano completa el cuadro.

Otra cosa que me ha gustado es la Medina por la noche. Hay mucha gente paseando por las 2 calles principales perpendiculares. Los turistas muchas veces no se atreven a dar una vuelta por la noche, de hecho en Marrakech por la noche está todo cerrado y da más respeto. Pero la Medina de Essaouira es diferente y está muy animada. Hay vendedores que están todo el rato mezclando algo como una sopa de garbanzos en un barril gigante en el medio de la calle, otra carnicería con un cuarto de cabra sin piel enganchada en la pared de la ventana, muchas frutas y verduras.. y gente.. mucha gente! Por la noche casi todos autóctonos. Llegamos al final de la calle principal, salimos de la puerta y llegamos a una plaza oscura. Desde lejos oímos gritos de gente enfadada, con mucha probabilidad estaban peleándose seriamente. Hicimos marcha atrás y nos metimos otra vez en la Medina.

El día siguiente, después de un muy buen desayuno hecho en la terraza del hotel con excelente vista al océano por un lado y a los techos blancos de la ciudad por el otro, dejamos Essaouira rumbo a Safi.

La carretera flanquea el océano y está llena de playas y acantilados. Fue un instinto: vimos el cartel que ponía “playa” (bueno, el dibujito de una playa) y nos metimos por una carrera secundaria, sabiendo que no podía ser un desvío muy largo. La carretera entra en una serie de dunas de arena, como las del desierto. Unos soplos de viento se arrastraron arena en la carretera, como si quisieran borrar la línea de alquitrán del asfalto. En breve llegamos a un pueblo de pescadores, un sitio increíble! Creo que definirlo “pueblo” es exagerado ya que había 3 o 4 casas en total, sin carretera, por supuesto. Tres chavales estaban sentados en el techo de una de estas, mirando a los pescadores. El mar muy pícaro no consentía la faena, aquel día. Las olas eran prepotentes y los barquitos atracados eran muy pequeños y de una madera que parecía podrida. Dimos la vuelta a los edificios y nos dimos cuenta de que, además de los tres niños, había también un caballo atado a un palo, que se estaba frotando las espaldas en el suelo. El litoral estaba hecho por rocas amarillas y los chorros de agua llegaban a mojarlas reproduciendo un sonido un poco siniestro. Ahí también había una terracita con un toldo, un par de sillas de plástico y un hombre sentado vestido de blanco, mirando hacia el mar. No era un bar cerrado o abandonado, era simplemente un minador. Mi madre quiso llegar hasta la roca más alta, se cruzó con el hombre que se quitó el sombrero y le dijo “Bonjour, Madame”.

Vuelvo a comentar que en los sitios turísticos, los autóctonos suelen ser más antipáticos, maleducados y pesados. En Marruecos como en el resto del mundo. Soy de Venecia y con la pinta de turista que tengo, he tenido varias veces un trato malísimo yo mismo. Pero en los sitios no turísticos, la gente suele ser amable, generosa y exquisitamente hospitalaria.

Creo que fue uno de los sitios más impactantes de todo el viaje. 31 grados, 47 primos 54,48 segundos N, 9 grados, 34 primos 54,24 segundos W, según google earth.

Nos paramos en Souria, o mejor dicho, querríamos pararnos pero ni bajamos del coche porque no nos gustó nada. Es un pueblo de verano en que viviendas en bastante mal estado que se alternan con descampados llenos de basuras traída por el viento. Era octubre, así que todo está muerto.

Tiramos hasta Safi, pasando por su periferia y Sidi, una ciudad industrial llenas de inmensas fábricas que parecían los mismos monstruos de alquitrán y hormigón del pueblo en que me crié (Marghera, en Italia).

Era bastante tarde y la prioridad era comer algo, así que antes de llegar al centro de Safi, nos paramos en un barrio donde probablemente no se había parado otro turista en toda su historia. La carretera era sin asfaltar y los aparcamientos eran de libre interpretación, así como el sentido de marcha, pero no quería alejarme del coche dejando las maletas en el maletero así que individué un posible sitio para comer y aparqué justo delante. La gente nos miraba como si fuéramos animales exóticos de un zoológico. Nos sentamos como si fuera lo más natural del mundo, y hasta llegó un chaval con el pelo pintado que se acercó a nuestra mesa y nos sacó una foto.

El mostrador de las carnes estaba lleno de moscas, como siempre. La comida llegó sin que la pidiéramos, nos sirvieron en platos de plástico mientras por la tele echaban un partido de la premier league en árabe. Comimos arroz, patatas y pinchos de carne (si, la misma carne del mostrador) pinchos que por suerte estaban bien hechos (así que no pasa nada). Habrá sido el hambre pero comimos de p**ísima madre, mientras que la camarera intentaba un dialogo improbable con mi madre.

Llegamos a Safi que ya eran las 17h. El recorrido en coche es siempre muy interesante porque se recorren las periferias, en el caso de Safi recorrimos también gran parte de la muralla, buscando – sin encontrar – un letrero de Hotel. Atravesado todo el pueblo, por fin vimos uno. El sitio es muy agradable, nos dan un piso en lugar que una habitación; hay un jardín común con muchísima flores y el edificio está justo al final de una cuesta, que le proporciona una vista muy buena ya es ubicada a unos 300 metros del océano.

Muy probablemente debido al cansancio, nunca estuve muy a gusto en esta ciudad: la Medina tiene calles muy estrechas y con muchísima gente, creo que pillamos una fiesta o un día de celebración porque había un mercadillo extemporáneo que recorría toda la ciudad. Algunas calles oscuras y el hecho que para entrar y salir del pueblo había que meterse en un pasillo de piedra largo y sin calles laterales – y, por supuesto, sin luces – hizo que no me sintiera cómodo. Habríamos cenado fuera y la idea de volver después del atardecer no me hacía ninguna gracia. Yo soy un falso atrevido, en el sentido que me atrevo si ya conozco o más o menos tengo informaciones. Cada ciudad tiene sus puntos más peligrosos y yo no disponía de informaciones de Safi ni de la zona de la muralla. En fin, no non pasó nada por supuesto, pero volviendo se me acercó un hombre que quería estrecharme la mano sin motivo y fue bastante pesado porque no tenía buena pinta. Por la tarde pasamos por un mercadillo más moderno muy pequeño, pero había una calle de tierra roja que lo abandonaba. Nos metimos por ahí dentro y salió de la nada un hombre muy humilde que nos empezó a hablar. Conmigo hablaba en español, con mi madre y con mi tía en italiano. Supuestamente sabía también árabe y francés ya que era marroquí.. muy probablemente también inglés y alemán. Es lo más común en Marruecos. Aunque sea cierto que esa clase de guías totalmente no oficiales moleste a veces, porque si eres amable y no le cortas el rollo, casi te obligan a ir con ellos para enseñarte y explicarte cosas, tengo que decir que en muchas ocasiones nunca habríamos visto cosas interesantes. En este caso el hombre non enseñó el barrio del adobe, dimos una vuelta por las calles rojas y él sabía los puntos donde se erigían los hornos, las bañeras para el tratamiento del barro y hasta un hueco en el suelo donde se escondía una habitación con 3 hombres que estaban haciendo ánforas con las manos y utilizando herramientas prácticamente prehistóricas. Como siempre, cuando el hombre guía acaba de enseñar las cosas que sabe, empieza a tergiversar porque quiere explicar más cosas, hasta podría llevarte a la otra punta de la ciudad, así hay que cortar con mucho tacto y dejarle una propina.

Fuimos a cenar en una terraza de piedra que daba al Atlántico, un sitio que habíamos visto al llegar con el coche. Somos los únicos clientes y ya el restaurante es el único abierto ya que los de al lado, vacíos se habían ya dados por vencidos. No hay elección: sardinas. El sitio es incómodo, el servicio exageradamente lento (además éramos los únicos). Al cabo de unos tres cuartos de hora, el dueño, un hombre grande, gordo y con la barba sucia, empezó a calentar la brasa. Dejamos el sitio o no? Los demás restaurantes, ya lo he dicho, habían cerrado y la ciudad tenía pinta de haberse ya quedado dormida. Esperamos. Las sardinas no eran nada especial, de hecho no nos gustaron nada. Para coronar la velada, la cuenta era bastante cara, así que se lo comentamos al dueño que empieza a soltarnos un buen rollete, enseñándonos la licencia de pesca y diciendo que se había tirado todo el día pescando él mismo, y que si queríamos nos habría dado más sardinas. No gracias. Creo que al final nos descontó un euro, pero vamos, no disfrutamos mucho de la cena.

No tengo nada más que añadir, la ciudad no está mal, hay una plaza, la muralla y algunas calles y la fortaleza que son bonitas, aunque yo en este blog hablo de mis sensaciones y mis experiencias, no es una guía turística.

 

Entre Safi y Marrakech, pasamos por un mercado bereber que se hallaba justo detrás de un muro que se erigía al lado de la carretera, era como una Kasba, pero vacía. Con un poco de respeto, aparcamos ahí cerca y nos adentramos. Era verdaderamente auténtico, la gente no nos miraba aunque cantáramos muchísimo. Las calles del mercado estaban delimitadas por sábanas apoyadas al suelo y toldos para que los productos se quedasen fresquitos bajo la sombra. Había un hombre que vendía 3 cebollas, otro 4 tomates.

Me sentía incómodo curioseando porque es evidente que mi interés era debido a la diferencia cultural y no quiero que fuese interpretada como diferencia de nivel económico, porque aquel mercado era verdaderamente pobre. Logré sacar un par de foto, hasta que oí un hombre protestar y me paré. Reconozco que probablemente esta clase de mercado es la más común en el mundo, considerando el tamaño de Asia, África y Latinoamérica y que la gran mayoría de seres humanos viven por debajo de la pobreza, pero para un europeo como yo, impacta bastante. Y en mi caso no por una cuestión económica, sino porque en los mercados “nuestros”, detrás del tomate que compro hay el vendedor, el proveedor, el transportista, el campesino y el dueño del campo, además de las multinacionales que les venden la semilla.

Así que en una sola mesa rústica del mercado de mi barrio, puedo comprar toda clase de hortaliza de un mismo hombre, que aunque lleve camisa de cuadros, no es el campesino.

Esto si que era un mercado auténtico! Creo además que en aquel mercado en concreto, más que la moneda se utilizaba el treque. Pero no tuve la posibilidad de comprobarlo.

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Entre Essaouira y Safi, la costa Atlántica ofrece playas de arena pero también acantilados espectaculares

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Unos chavales están charlando en el techo de una casa en un pequeño pueblo de pescadores

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Mi madre, disfrutando del océano Atlántico, sentada en una roca

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Las condiciones atmosféricas impidieron a los pescadores de faenar, aquel día

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Los barcos abandonados en la arena y la leve niebla conferían al pueblo un aspecto onírico

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Un hombre comparte su almuerzo con una gaviota sentado en el muro que separa África del océano, en Essaouira

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Un niño observa el juego de sus amigos en las rocas secas del litoral de Essaouira

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Es el atardecer en Essaouira y unos chavales juegan al fútbol en la playa de la ciudad

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La tranquilidad de los bastiones de la ciudad es un lugar ideal para darse un paseo antes de ir a cenar

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Hombres y gaviotas interesados en los productos expuestos de este mercadillo improvisado en la acera del paseo marítimo del puerto de Essaouira

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Pescadores relajándose después de un día faenando en la mar

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Dos amigas contándose el día degustando una sopa amarilla (couss couss o garbanzos o algo parecido) en el cruce de dos calles de la Medina de Essaouira

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En Marruecos las carnicerías no suelen tener neveras

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Un paseo romántico por la playa en el atardecer

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Muchos pescadores sin barco van arrastrando sus redes entre rocas y aguas

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Mercado del pescado en Essaouira

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La banda sonora del mercado del pescado de Essaouira está hecha por gaviotas peleonas. A la de la derecha le ha tocado una rica cena, a no ser que se la quiten

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Un pescador descansando en el muelle me pilla al sacarle una foto

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Visión aérea de Essaouira. Los techos blancos descastados por el aire salino y por el tiempo, ofrecen una pintoresca imagen de la ciudad desde la terraza de nuestro Riad

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Mercado bereber. Unos campesinos locales venden la cosecha. Hay quien vende cajas llenas pero quién también se limita a vender 4 cebollas

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Callejón en Safi

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Safi, el barrio del Adobe. Aquí los artesanos utilizan técnicas y herramientas muy antiguas para trabajar el barro y producir objetos de artesanía local

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La ciudad de Safi descansa

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Otro callejón oscuro en Safi

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Una bella mujer de Essaouira sonríe en su patio

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