Paris: segundo día

Aunque la línea del metro tenía un tramo cortado, lo cual habría implicado el rollo de dar una mega vuelta por los raíles subterráneos de Paris haciendo además unos cuantos transbordes, no habríamos podido no ir a ver la Tour Eiffel. Como la mayoría de las cosas que vi en este viaje, también ya había visto la torre, pero es siempre un placer, aunque esta vez no subí arriba. Tampoco me apetecía porque la cola era extraordinariamente larga. La Tour Eiffel es tal y como uno se la imagina después de haberla vista mil veces en las fotos. No defrauda nunca! Una cantidad de hierro impresionante que logra diluir el río de personas en él que se halla. Estés donde estés, siempre habrá un metro cómodo para poder llegar a verla. (si la línea no está en obras, claro!). Recuerdo que cuando subí por primera vez, subimos por la escalera hasta la primera planta. Es verdad que el ascensor es más cómodo, pero subir las escaleras te permite vivir la torre, tomar contacto con el hierro, ver los tornillos que mantienen unidas las piezas, hablo de tornillos grandes como calabazas. Subir permite alejarse de la gente e “intimar” con la Torre. En mi caso era el 1989, el año del centenar de la Tour Eiffel (y el bicentenario de la Bastilla, ¡año perfecto!) así que han pasado varios lustros, pero la construcción sigue actual, moderna y a la moda! Impresionante! Viéndola en este viaje me pregunté ¿cómo hicieron para que no se oxidara a lo largo de los años?

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Los símbolos de las ciudades se suele corresponder con las estructuras  más altas o más grandes, no hace falta que sean también las más bonitas. Nueva York tiene su estatua de la Libertad (no creo que sea lo mejor de la ciudad), Roma tiene su Coliseo (hay cosas más bonitas) y Paris obviamente tiene la Tour Eiffel. La Tour Eiffel si que es de las cosas más bonitas de la ciudad; impacta por dimensiones, edad y línea que sigue muy moderna. Se dice que la mejor vista de Paris no sea desde la torre sino de Montparnasse, primero porque desde ahí se ve la Tour Eiffel y en segundo lugar porque no se ve Montparnasse. En fin, hablamos de una torre del 1889 que mide más de 300 metros.

Cerca de la Tour Eiffel hay varios jardines para poderla admirar desde diferentes perspectivas: el Champ de Mars es ideal para ver la torre entera y sin edificios por delante, pero nosotros recorrimos una mínima parte de los jardines porque son extensos, llegan hasta Monparnasse y habría sido un poco perder el tiempo. París en tres días y con una niña de un año no te permite perder una mañana en un único sitio. Cruzamos el río Sena para ver los Jardines Trocadero y el Esplande du Trocadero, con su Palais de Chaillot. Yo la verdad es que no tenía ganas, ya lo había visto y no me pareció nada especial en su época y esta segunda vez confirmó el recuerdo que tenía. Obviamente es una opinión personal, pero un jardín normal y un palacio monumental pero quizás demasiado “imperial” no llegaron nunca a impactarme mucho. Dejamos la imponencia de esos edificios para meternos en otra parte de París: bajando en la parada Strasbourg y caminando hacia la Sena, se pasa por un barrio rojo (no es Pigalle) Rue Saint Martín, que luego se vuelve también alternativo. No lo sabíamos y en principio vimos a unas asiáticas mayores paradas pero sin la elegancia que las suele caracterizar. De hecho sus ropa enfatizaba la femineidad de sus cuerpos aunque las caras eran bastante masculinas.

Esperaban paradas, hablando entre ellas pero todas orientadas hacia la acera. En principio no lo entendí, caí cruzándome con el segundo grupo de prostitutas. De ahí empezó un carrusel de peep-show, puticlubes, tiendas triple equis en las que, de vez en cuando, se asomaban tías con las clásicas botas altísimas y las minifaldas fucsia. La verdad es que las prostitutas eran más pintorescas que sexy y me dio la impresión que la mayoría eran en realidad tíos, ya que algunos ni lo disimulaban: tetas de bote, pintalabios rojo y barba.

Los del barrio parecían estar muy familiarizados con el ambiente: una señora mayor vestida más o menos elegante, estaba sacando al perro y charlando con una “señorita”, como dos amigas íntimas. Lo le espantaría los clientes, acaso? Como anticipé, siguiendo adelante la calle se volvió alternativa, llena de jóvenes finto-rebeldes y tiendas de ropa alternativa (alternativa a qué, ya que son todas iguales?).

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Una asiática (o asiático?) trabajando en la calle en el Boulevard Saint Denis.

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La plaza Emile Chautemps, en un barrio de jóvenes alternativos justo por debajo del barrio rojo.

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Un hombre a la espera de algo en la Puerta de Saint Martin
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Un cliente regatea con una prostituta en la Rue du Saint Martin

Queríamos llegar al Centre Pompidou pero al final desviamos y fuimos a ver la iglesia más importante de Paris, Notre Dame. La entrada es libre (igual que la del Sacre Coeur) y la coda muy larga, pero rápida. Se formó casi una espiral humana y nos colamos sin darnos cuenta, pero nadie nos dijo nada. Cuando por fin vi que estábamos en el medio de la cola, nos fuimos al final aunque la gente no estaba protestando. Estoy acostumbrado a las colas italianas, donde hay que pelear con los dientes tu sitio y siempre me ha dado mucho coraje la gente con mucha cara que se cola. No voy a comentar la iglesia ni por fuera ni por dentro, ya que habrá montones de informaciones en la red. Pero en los jardines que están justo delante de la fachada principal, hay muchísimos gorriones que se acercan y los niños (y adultos) que le intentan dar de comer. No creo que sea una moda de un día ya que los gorriones parecen muy acostumbrados a la gente y no le tienen miedo para nada.

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 Notre Dame, acabada en 1245, es una de las catedrales más antiguas de estilo gótico: gárgolas e historia se funden en quizás la iglesia más emblemática de toda Francia (anqué por su fachada exterior me conquistó más la Iglesia de Sacre Coeur)

Entramos también en el Barrio Latino. Tenía mucha ilusión, ya que había leído que era muy típico, pero me quedé un poco decepcionado, la verdad. Es un sin parar de tiendas de souvenir, turistas y restaurantes. Igual que en Mont Martre pero sin la atmósfera que respiré ahí. Pasamos también el día siguiente, por si nos habíamos dejado algo, pero la verdad es que no. Una nota positiva: ahí comimos bien y fue la comida más barata de nuestra breve estancia en Paris. (Véase apartado: “Comida)

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Nunca he visto tantas librerías como en Paris: es cierto que el clásico parisino intelectual un poco arrogante pero aristocrático no es nada más que un estereotipo, pero viendo tantos libros yo un poco me lo creo.

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Un señor descansa con su libro y su copa de vino en un bar del Barrio Latino.

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La Paris romántica está por todas partes: en los callejones de MontMartre, en las terrazas de los bares bohemios y en los puentes del río Sena

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El ayuntamiento de la ciudad ofrece un servicio de bicicletas públicas, aunque no creo que sea muy cómoda para hacer turismo. No nos informamos (además tenemos un bebé)

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MontParnasse es el rascacielos más alto de Paris. Los parisinos los odian y afirman que desde arriba se puede gozar de la mejor vista de Paris por dos buenas razones: se puede ver la Tour Eiffel y, sobre todo, no se ve MontParnasse
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