Edimburgo – Día 2

Empezamos el tercer día con las previsiones meteos que anunciaban lluvia. El día de sol de antes había sido nuestro regalo de bienvenida, pero ya estábamos preparado a enfrentarnos a la lluvia escocés. Salimos que aún no estaba lloviendo, pero las nubes se estaban condensando y las previsiones no dejaban esperanzas.

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El barrio Portobello, al igual que la mayoría de los barrios de los alrededores de Edimburgo, está lleno de edificios bonitos y casas que parecen pequeños castillos. Me llamó la atención esta entrada, tan dejada. Algo muy raro en Edimburgo.

Fuimos al centro en autobús, uno de estos a dos plantas típicos de Reino Unido. Personalmente, siempre me ha encantado viajar en uno de estos vehículos, pues se ve todo desde otra perspectiva. Nuestra amiga-guía eligió ir a un par de museos para aprovechar el día atmosféricamente malo. Lo que no entendí era para qué meterse en un museo si no estaba lloviendo aún, ya que mi intención era la de aprovechar de cada minuto sin lluvia para dar vueltas por la ciudad. Pero bueno, entramos en el primer museo, el Scottish National Portrait Gallery, o la Galería Escocés Nacional de los Retratos, que no era nada especial, pero el palacio en sí merecía la pena, además la visita era gratuita. Lo único que me interesaba realmente del museo era una exposición de fotografía, pero la habían quitado temporalmente para hospedar a una colección de no se qué. En fin, en el museo había un par de cuadros que tenían bastante energía emotiva, lo tengo que admitir, pero mi pensamiento iba a los últimos rayos de sol que estaban iluminando la ciudad y que nos estábamos perdiendo para siempre.

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Scottish National Portrait Gallery. Una chica se entretiene con un libro mientras que yo espero a que mis compañeras de viaje salgan de los aseos.

Salimos del museo que no estaba lloviendo aún. Decidimos por lo tanto seguir andando hasta el centro, pasando por calles muy pintorescas y tranquilas de la ciudad.

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En algunas calles del centro, llaman la atención esos contenedores de sal, señal inequivocable que en invierno la acera hiela con frequencia.

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Entrada antigua del Stockbridge Market

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 Un callejón en pleno centro de la capital escocés.

Llegó la hora de comer y, como siempre, empezamos a buscar un sitio que nos agradara a los tres. Yo me apunto a todo lo que no sea demasiado caro, hasta un Mc Donald puede ser mi restaurante, a veces. No pasa nada. Al final entramos en una tienda de alimentos que también tenía 4 o 5 mesas dentro. Era todo muy francés y muy casero, o por lo menos esta era la sensación. La dueña, una mujer anciana con su delantal de toda la vida, se movía lentamente mientras que un chaval fuertote no dejaba de cortar jamón y quesos. En fin, los ingredientes eran buenos, todo se presentaba tan rústico como gastronómicamente elevado (francés, y de la huerta) y me tomé además una cerveza directamente del estante de exposición. La verdad es que lo del restaurante dentro de la tienda es una buena idea. (véase Comida).

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La presencia de un riachuelo nos sorprendió mientras estábamos buscando un restaurante para comer

Al salir del restaurante nos dimos cuenta de que estaba lloviendo. Y mucho. Decidimos coger un autobús e ir al museo nacional escocés, el National Museum Scotland. Por suerte había una línea muy cercana que nos habría dejado justo en la puerta del museo. Perfecto! La parada del autobús estaba llena de gente que intentaba repararse de la lluvia. Había hasta gente fuera que intentaba acoplarse, sin éxito. Nosotros decidimos en principio repararnos pegándonos a un edificio, para luego movernos un poco hacia un arco de piedra muy ancho. Esperamos media hora abundante, con mi hija que protestaba bastante porque le habíamos puesto la burbuja de plástico para que no se mojara. El autobús llegó y me expliqué para qué la gente estaba toda en la parada sin buscar un sitio mejor para repararse de la lluvia: estaban haciendo la cola. Viendo que nos estábamos acercando al autobús, empezaron a protestar que ellos llevaban quince minutos esperando. Perdona, nosotros media hora. Pero la cola era ahí. Al final todos los escoceses mojadísimos entraron, muy muy lentamente, en el autobús, cabreados por la situación. Mi amiga Annalisa también estaba cabreada porque todo el mundo sabía que estábamos esperando desde hace más tiempo que ellos porque el arco donde nos reparamos estaba a 2 metros de la parada. El último escocés tuvo que empujar un poco para poder entrar, pero nosotros ni lo intentamos, ya que con el cochecito habría sido una batalla perdida. Por suerte, el autobús ni había arrancado que detrás apareció otro, así que no esperamos que 30 segundos más y viajamos más cómodos y anchos.

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En el arco bajo el cual nos reparamos de la lluvia, alguien había colgado un cartel sin firmar.

No había acabado la pequeña aventura del autobús, ya que a una parada de nuestro destino, un señor en kilt y en silla de rueda, desde la carretera, empezó a protestar mucho con el conductor, pegándole voces. No entendí casi nada ya que la conversación iba en escocés, pero por lo visto el tío se quejaba de que había cochecitos en el autobús y que no podía entrar él. Tuvimos que bajar pero solamente por nuestra cortesía. El tío nos agradeció el gesto, pero vamos, fue muy prepotente. Entramos por fin en el National Museum Scotland

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El National Museum Scotland es un curioso museo del mundo natural, culturas del planeta, arte, ciencias, tecnologías e historia escocesa, todo dentro de este magnífico edificio.

Esta vez entré con ganas porque estaba empezando a llover y además el museo parecía muy interesante. La entrada era gratuita, otra ventaja más! El museo estaba lleno de cositas interesantes, algunas interactivas, así que nos tuvimos que parar para que mi hijita Chiara pudiese jugar un poco.

Lo malo es que a las 5 de la tarde el museo cerraba, no tuvimos nada más que unos 40 minutos para poderlo visitar, una lástima porque habría merecido más tiempo! Salimos que estaba diluviando y tuve como un rechazo en tener que abrigarme, ponerme el chubasquero, guardar la cámara, ponerle la burbuja anti lluvia al cochecito y meterme bajo aquella ducha. Pero, al parecer, no había otro remedio.

Fuimos hacia el centro a dar un paseo, pero mi amiga Annalisa se ofreció hacer de canguro durante una hora, proponiéndonos algo que nos llamaba la atención desde el principio: la Ruta de los Fantasmas. Se trata de entrar en un edificio y bajar hacia la Edimburgo medieval, escondida y sepulta. Prohibido – obviamente – el acceso con cochecitos. Fuimos a ver la manzana de Mary King Close, 4 calles ahora subterráneas, que constituían la ciudad auténtica de hace unos siglos. El precio es asequible (Adultos: 12,95£.  Estudiantes: 11,45£.  Niños de 10 a 15 años: 7,45£) . Disfruté de la visita, aunque el guía (incluido con la entrada) enfocaba toda la visita a historias de fantasmas, apariciones misteriosas, delitos y otras tonterías que – personalmente – no me interesaban. El tío se esforzaba de ser chistoso pero se notaba que los repetía todo el día, además mi nivel de inglés british no me permitía entenderlos todos. Más que la historia de un cuento de fantasmas y de puertas que se cierran solas (no nos pegaron sustos, sólo nos contaron historias) encontré muy interesante ver las antiguas calles de Edimburgo, iluminadas por débiles farolas, me encantó entrar en habitaciones que habían sido viviendas de mercantes y servidores, o visitar un pequeño matadero, sitios reales que hablaban más de los cuentos. Una hora muy entretenida en que pude hasta sacar un par de fotos, aunque el guía acabó con reñirme porque estaba prohibido. En la última calle, la más pintoresca, volví a sacar la cámara cuando él no me estaba viendo. Fui muy rápido aunque me vio una mujer que empezó a protestar y a querer chivarse. Al final no dijo nada pero se tomó muy en serio mi desobediencia. Ejej c’est la vie.

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Mary King Close, o sea uno de los más famosos y pintorescos callejones de la Edimburgo medieval.

Salimos que ya se estaba haciendo tarde, pasamos por una calle que me gustó mucho, Candlemaker Row y Grassmarket, muy típica aunque muy turística. Lo malo es que estaba lloviendo fuerte aún y no la disfrutamos.

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Una de las calles que más me gustaron de toda Edimburgo fueron la Candlemaker Row y Grassmarket, donde parece que el tiempo se haya parado. Una lástima la lluvia, pero habríamos vuelto el día siguiente con el sol.

Fuimos a comer en un restaurante indio, a ver si el día siguiente, el último día, la lluvia nos habría concedido una tregua.

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 De camino al restaurante indio, en un barrio que ya no era turístico.

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